“El bien, quisimos el bien: enderezar al mundo.
No nos faltó entereza: nos faltó humildad.”
Octavio Paz
Nos borraron de la Historia.
Y corríamos por una libreta a cuadros con grafito en los pies rayando a gritos.
Pero no escribíamos nada,
Sólo rayones abstractos como la igualdad o la belleza.
Y eso no era malo,
pero las palabras no alcanzaban,
por más que corrían no llegaban,
como en un sueño o una pesadilla.
Por más que alargábamos los brazos,
por más que lanzábamos conceptos atados por nudos los unos a los otros,
por más que nuestras salivas se juntaban para crear un río que uniera;
pero olvidábamos el puente,
o el puente se rompía en trocitos, como alfileres, como palillos.
Entonces nos quedamos allí tirados,
tratando de olvidar que habíamos sido borrados,
y con ese olvido también borrarnos a nosotros mismos.
Carla de Pedro
Mostrando entradas con la etiqueta Sehait. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sehait. Mostrar todas las entradas
jueves, 14 de julio de 2011
Arena
“… en su arena leer que nada espere,
que no espere misterio, que no espere.”
Gilberto Owen
Pero él estaba allá, lejos, mordiéndose cada una de las uñas, estrellando el puño contra los espejos, azotando la cabeza contra las paredes para salir después al escenario, sonriendo, siendo el hombre más fuerte y poderoso, actuando su acto cotidiano de política y guerra.
Testarudo. Lo había odiado cada minuto desde su llegada a palacio. Su mirada intensa fragmentada de verdes acechándola.
Y ¿Cómo no odiarlo? En aquella aldea donde ella había nacido las mujeres eran libres y corrían, los niños bebían el agua directamente del río, los hombres amaban a sus hijos, como su padre que le había enseñado a mirar el cielo y a entenderlo.
Ahora, en aquél desierto, el cielo no decía nada; la eternidad era visible a lo largo de la extendida arena sin límites: libertad.
Pero él estaba allá, maldiciéndola, llorando como un gatito indefenso: león domado, destronado, añorándola como a una estrella brillante, lejana.
Y podía sonreír, y podía reírse de él a carcajadas, de su mirada caleidoscopio, de sus manos poseedoras de infinito, de sus labios absorbentes de almas; de la manera en que ella, la inocente, la esclava, le había arrancado poco a poco las palabras y los actos, lo había encerrado para ella sola dejando afuera el reino en ruinas, el reino en ruinas como palideciendo bajo una tormenta de arena, el mundo desecho y ella mandando, ella reina de sus ladrillos y sus laberintos y sus jardines y sus cabellos y su débil corazón y su alma.
Y ahora, el sultán solitario se dormía pensando en ella, allí en su cama angosta con perillas de metal, limitado, prisionero de su soledad mientras ella andaba sin barreras marcando sus huellas en la inacabable arena rojiza.
Y a pesar del calor, a pesar de que la vida se le iría agotando en el camino sin regreso ella sabía que él, él también moriría de soledad, moriría de vencido; y ella sabía que su propia muerte, la muerte de una esclava indefensa, acabaría barriendo finalmente la poca realidad que le quedaba a aquél reino y lo absorbería el tiempo como al vino y dejaría su espacio vacío, sólo con algunas letras sueltas, como un mito, como un cuento.
- Pobre mujer – dijo el sultán cuando le informaron de su muerte – sola en medio del desierto sin protección ni de Dios ni mía.
Carla de Pedro
que no espere misterio, que no espere.”
Gilberto Owen
Pero él estaba allá, lejos, mordiéndose cada una de las uñas, estrellando el puño contra los espejos, azotando la cabeza contra las paredes para salir después al escenario, sonriendo, siendo el hombre más fuerte y poderoso, actuando su acto cotidiano de política y guerra.
Testarudo. Lo había odiado cada minuto desde su llegada a palacio. Su mirada intensa fragmentada de verdes acechándola.
Y ¿Cómo no odiarlo? En aquella aldea donde ella había nacido las mujeres eran libres y corrían, los niños bebían el agua directamente del río, los hombres amaban a sus hijos, como su padre que le había enseñado a mirar el cielo y a entenderlo.
Ahora, en aquél desierto, el cielo no decía nada; la eternidad era visible a lo largo de la extendida arena sin límites: libertad.
Pero él estaba allá, maldiciéndola, llorando como un gatito indefenso: león domado, destronado, añorándola como a una estrella brillante, lejana.
Y podía sonreír, y podía reírse de él a carcajadas, de su mirada caleidoscopio, de sus manos poseedoras de infinito, de sus labios absorbentes de almas; de la manera en que ella, la inocente, la esclava, le había arrancado poco a poco las palabras y los actos, lo había encerrado para ella sola dejando afuera el reino en ruinas, el reino en ruinas como palideciendo bajo una tormenta de arena, el mundo desecho y ella mandando, ella reina de sus ladrillos y sus laberintos y sus jardines y sus cabellos y su débil corazón y su alma.
Y ahora, el sultán solitario se dormía pensando en ella, allí en su cama angosta con perillas de metal, limitado, prisionero de su soledad mientras ella andaba sin barreras marcando sus huellas en la inacabable arena rojiza.
Y a pesar del calor, a pesar de que la vida se le iría agotando en el camino sin regreso ella sabía que él, él también moriría de soledad, moriría de vencido; y ella sabía que su propia muerte, la muerte de una esclava indefensa, acabaría barriendo finalmente la poca realidad que le quedaba a aquél reino y lo absorbería el tiempo como al vino y dejaría su espacio vacío, sólo con algunas letras sueltas, como un mito, como un cuento.
- Pobre mujer – dijo el sultán cuando le informaron de su muerte – sola en medio del desierto sin protección ni de Dios ni mía.
Carla de Pedro
Filosofar sobre los mecates
Dicen que una sábana tendida, volando por el viento de un hermoso día veraniego del sur, inspiró la escena de Cien años de soledad en que Remedios, la bella, sale volando por el aire; hermosa, celestial y pura, como una ligera y volátil sábana blanca.
Pues esto, y hay que remarcarlo, no fue nada como eso, y para tirarnos esa imagen tan bella habría que decir que fue precisamente lo contrario.
Y no fue culpa de Esteban, cuya imaginación no se quedaba atrás y junto a quien García Márquez, Julio Verne, Balzac o cualquier otro hombre capaz de crearse universos paralelos ante la observación del más cotidiano de los objetos habría quedado opacado, pues, aunque Esteban jamás había escrito un libro, ni siquiera un verso, su imaginación era capaz de cruzar espacios, tiempos, dimensiones, palabras.
El problema fue que los mecates estaban vacíos, tan vacíos, podríamos decir, como los ojos de la amada sin su amado, como el macrocosmos de Kubrick sin música, como el reloj sin tic-tac, como un plato sin comida (todo esto podría haber dicho Esteban pero su mente no podía estancarse tan acá; su mente, que viajaba a la velocidad de la luz, a pesar de no entender lo mínimo de las ecuaciones de Einstein, iba siempre un paso más allá de lo que sus profesores de la escuela consideraban coherente.)
Así pues, mientras Esteban buscaba inspiración para su proyecto de clase de literatura, mirando las nubes que paseaban por el cielo del patio de su casa, se topó con los mecates, esos mecates de plástico rojos que ensangrentaban, negros que recortaban o azules que hacían del cielo una pintura cubista.
No es que los mecates careciesen de belleza, Esteban sabía eso, más bien contrastaban completamente con la belleza tradicional de una fotografía de tarjeta postal.
Esteban no dudaba de la utilidad de los mecates, recordemos que este era un proyecto literario, no publicitario, no una crítica de la praxis, no un ensalzamiento de lo sencillo frente a lo tecnológico (mecates contra secadora de ropa) sino un trabajo de literatura.
Así pues, y tratando de seguir al pie de la letra las palabras de Oscar Wilde en tanto a que todo arte es completamente inútil, Esteban se dispuso a alabar la belleza del trozo de plástico más olvidado, ignorado, desacreditado por los estetas, por los filósofos e incluso por las amas de casa que podían odiarlo más allá de toda lógica.
Esteban admiró por un instante al creador de tan bella, colorida, folclórica y artesanal obra y fue así, de su repentina sensación de lo bello como algo tangible, concreto y simple; todo lo contrario de la intangible, virginal, etérea y profunda Remedios; que surgió el poema más absurdo, sencillo, realista, de limitado léxico, sin nada de ética y de insalvable estética jamás escrito.
No podemos decir que Esteban se sintió mal ante su reprobatoria calificación en la asignatura de Literatura 5, sin embargo, y talvez sin ser consciente de la causa, no volvió a escribir ni una palabra literaria y se dedicó a la ciencia.
La ciencia no ganó gran cosa, pues Esteban nunca pudo comprender ni una sola de las ecuaciones de Einstein, pero la literatura, sin embargo, perdió a uno de los mejores escritores que jamás existieron y jamás existirán y ni siquiera lo supo.
Habrán los creadores de alejarse de las grandiosas, pero destructivas, divagaciones que giran en torno a los mecates; y habrán de agradecer los lectores que aquella tarde veraniega hubiera en el patio de García Márquez una bella y blanca sábana moviéndose danzante al ritmo del viento.
Carla de Pedro
Pues esto, y hay que remarcarlo, no fue nada como eso, y para tirarnos esa imagen tan bella habría que decir que fue precisamente lo contrario.
Y no fue culpa de Esteban, cuya imaginación no se quedaba atrás y junto a quien García Márquez, Julio Verne, Balzac o cualquier otro hombre capaz de crearse universos paralelos ante la observación del más cotidiano de los objetos habría quedado opacado, pues, aunque Esteban jamás había escrito un libro, ni siquiera un verso, su imaginación era capaz de cruzar espacios, tiempos, dimensiones, palabras.
El problema fue que los mecates estaban vacíos, tan vacíos, podríamos decir, como los ojos de la amada sin su amado, como el macrocosmos de Kubrick sin música, como el reloj sin tic-tac, como un plato sin comida (todo esto podría haber dicho Esteban pero su mente no podía estancarse tan acá; su mente, que viajaba a la velocidad de la luz, a pesar de no entender lo mínimo de las ecuaciones de Einstein, iba siempre un paso más allá de lo que sus profesores de la escuela consideraban coherente.)
Así pues, mientras Esteban buscaba inspiración para su proyecto de clase de literatura, mirando las nubes que paseaban por el cielo del patio de su casa, se topó con los mecates, esos mecates de plástico rojos que ensangrentaban, negros que recortaban o azules que hacían del cielo una pintura cubista.
No es que los mecates careciesen de belleza, Esteban sabía eso, más bien contrastaban completamente con la belleza tradicional de una fotografía de tarjeta postal.
Esteban no dudaba de la utilidad de los mecates, recordemos que este era un proyecto literario, no publicitario, no una crítica de la praxis, no un ensalzamiento de lo sencillo frente a lo tecnológico (mecates contra secadora de ropa) sino un trabajo de literatura.
Así pues, y tratando de seguir al pie de la letra las palabras de Oscar Wilde en tanto a que todo arte es completamente inútil, Esteban se dispuso a alabar la belleza del trozo de plástico más olvidado, ignorado, desacreditado por los estetas, por los filósofos e incluso por las amas de casa que podían odiarlo más allá de toda lógica.
Esteban admiró por un instante al creador de tan bella, colorida, folclórica y artesanal obra y fue así, de su repentina sensación de lo bello como algo tangible, concreto y simple; todo lo contrario de la intangible, virginal, etérea y profunda Remedios; que surgió el poema más absurdo, sencillo, realista, de limitado léxico, sin nada de ética y de insalvable estética jamás escrito.
No podemos decir que Esteban se sintió mal ante su reprobatoria calificación en la asignatura de Literatura 5, sin embargo, y talvez sin ser consciente de la causa, no volvió a escribir ni una palabra literaria y se dedicó a la ciencia.
La ciencia no ganó gran cosa, pues Esteban nunca pudo comprender ni una sola de las ecuaciones de Einstein, pero la literatura, sin embargo, perdió a uno de los mejores escritores que jamás existieron y jamás existirán y ni siquiera lo supo.
Habrán los creadores de alejarse de las grandiosas, pero destructivas, divagaciones que giran en torno a los mecates; y habrán de agradecer los lectores que aquella tarde veraniega hubiera en el patio de García Márquez una bella y blanca sábana moviéndose danzante al ritmo del viento.
Carla de Pedro
lunes, 10 de mayo de 2010
Niña
Tú no quieres una niña,
niña dulce, dices,
niña que toma gotas de lluvia,
que nada el mar,
que corre a tirarse al pasto,
que fuma sobre las rocas,
que detiene el tiempo,
que enreda su cabello acaramelado en tu espalda.
Tú no quieres una niña,
niña encantadora, dices,
niña que sueña y cumple instantes perfectos,
niña que vuela,
niña que ríe,
niña de poesía y luna llena,
niña oasis,
niña que se rompe bajo las olas como azúcar.
Luego me besas y me desvistes y te marchas.
Tú no quieres una niña.
Y yo lloro bajo las sábanas,
abrazada a una muñeca de porcelana.
niña dulce, dices,
niña que toma gotas de lluvia,
que nada el mar,
que corre a tirarse al pasto,
que fuma sobre las rocas,
que detiene el tiempo,
que enreda su cabello acaramelado en tu espalda.
Tú no quieres una niña,
niña encantadora, dices,
niña que sueña y cumple instantes perfectos,
niña que vuela,
niña que ríe,
niña de poesía y luna llena,
niña oasis,
niña que se rompe bajo las olas como azúcar.
Luego me besas y me desvistes y te marchas.
Tú no quieres una niña.
Y yo lloro bajo las sábanas,
abrazada a una muñeca de porcelana.
lunes, 25 de mayo de 2009
Del silencio 2
"No veìamos. No vimos.
La niebla la inventamos..."
Efraìn Huerta
El silencio donde me estoy creando es un silencio que no me pertenece.
El mìo lo perdì cuando niña, ocultàndome,
encerrando la vida en un armario para cerrar los ojos,
creando arcoiris en las nubes del tiempo.
Ese silencio que es final del ruido,
cascada hacia el origen,
principio de la nada,
nacimiento de nuevas palabras,
tic tac eliminado,
detenciòn de un tiempo para llorar las horas,
distancias convertidas en un punto inerte,
muerte,
no es mìo.
Es un silencio que me he inventado para imponerme un renacer ficticio,
para creerme el vacìo
(vacìo lleno de ojos cristalizados,
de frutas secas – naturalezas muertas-
de ciclos tejidos con los hilos dionisiacos de la noche).
Es un silencio inerte de muñeca de trapo,
de mariposa disecada en vidrio.
Este silencio no es mi silencio,
mi silencio es irrecuperable, innadable,
se perdiò por una manzana,
por una serpiente.
Este silencio no es sino el fingimiento del silencio
con un murmullo de fondo
como un coro de lluvia seca.
Carla de Pedro
La niebla la inventamos..."
Efraìn Huerta
El silencio donde me estoy creando es un silencio que no me pertenece.
El mìo lo perdì cuando niña, ocultàndome,
encerrando la vida en un armario para cerrar los ojos,
creando arcoiris en las nubes del tiempo.
Ese silencio que es final del ruido,
cascada hacia el origen,
principio de la nada,
nacimiento de nuevas palabras,
tic tac eliminado,
detenciòn de un tiempo para llorar las horas,
distancias convertidas en un punto inerte,
muerte,
no es mìo.
Es un silencio que me he inventado para imponerme un renacer ficticio,
para creerme el vacìo
(vacìo lleno de ojos cristalizados,
de frutas secas – naturalezas muertas-
de ciclos tejidos con los hilos dionisiacos de la noche).
Es un silencio inerte de muñeca de trapo,
de mariposa disecada en vidrio.
Este silencio no es mi silencio,
mi silencio es irrecuperable, innadable,
se perdiò por una manzana,
por una serpiente.
Este silencio no es sino el fingimiento del silencio
con un murmullo de fondo
como un coro de lluvia seca.
Carla de Pedro
lunes, 18 de mayo de 2009
...
El mundo,
desnudándose de sus falacias,
se me entrega en un pétalo de nardo,
con cada una de sus melancolías
lo veo arrojarse desde el puente de mis ensoñaciones
hacia el absurdo.
¿Qué desea de mi tan frágil
asombrada ante su magnificencia desoladora
y mirando mi reflejo en sus ríos
descompletándome eternamente?
Mundo tragicómico burlándose de mi inocencia patética,
jugando a seducirme con cada una de sus curvas sintéticas
y es que cada árbol me grita su existencia imposibilitada de instantes caducándose
inexistentes e imprudentes como el instinto.
Podría sobrevivirme lamiendo los cielos azules de algodón docificante
si no se me oscureciera la lengua en la noche,
si no escupiera las palabras a la incertidumbre,
si el humo no me quemara los labios.
El insomnio no significa sino un ramo de espinas y ausencias que develan el sinsentido.
El mundo irrumpe esta noche, pues, por mi ventana para robar mi inocencia,
violando mis pensamientos hasta dejarme desangrada
y sola.
Carla de Pedro
desnudándose de sus falacias,
se me entrega en un pétalo de nardo,
con cada una de sus melancolías
lo veo arrojarse desde el puente de mis ensoñaciones
hacia el absurdo.
¿Qué desea de mi tan frágil
asombrada ante su magnificencia desoladora
y mirando mi reflejo en sus ríos
descompletándome eternamente?
Mundo tragicómico burlándose de mi inocencia patética,
jugando a seducirme con cada una de sus curvas sintéticas
y es que cada árbol me grita su existencia imposibilitada de instantes caducándose
inexistentes e imprudentes como el instinto.
Podría sobrevivirme lamiendo los cielos azules de algodón docificante
si no se me oscureciera la lengua en la noche,
si no escupiera las palabras a la incertidumbre,
si el humo no me quemara los labios.
El insomnio no significa sino un ramo de espinas y ausencias que develan el sinsentido.
El mundo irrumpe esta noche, pues, por mi ventana para robar mi inocencia,
violando mis pensamientos hasta dejarme desangrada
y sola.
Carla de Pedro
miércoles, 11 de marzo de 2009
Prohibido morir en el edén
Y ahora vamos a hablar de la mierda que es el mundo. ¡Cómo si eso fuera una gran novedad! Y no es que a mí me importe mucho si el mundo se pudre o deja de pudrirse. Y como no me importa por eso estoy en el Edén. Pero con eso de que las manzanas (o la fruta que haya sido para no entrar en dilemas) estaban prohibidas y que nuestra madre Eva o Ixmucané (o como se haya llamado) decidió darse un antojo, el Edén se jodió y ahora es sólo un pedazo de jardín cerca de la facultad de filosofía.
Seguramente, el Edén está repartido por pedazos a lo largo de la Tierra, pero ¡Cómo se le ocurrió a Dios dejar un trozo cerca de filosofía! Y es que, no se crean, primeramente el Edén, el trocito que le tocó a filosofía, era bonito. Seguramente hasta tenía su pedazo de río (su riachuelo) y los pajaritos (esos que han emigrado y ahora habitan cerca de las ventanas del último piso de la facultad) revoloteaban por sus árboles y cantaban.
En ese entonces, los estudiantes de letras se reunían a fumar hierba y a plantear el futuro del mundo, ese mundo que se les dibujaba con aleteos de mariposas y se les antojaba utópico como canción de los Beatles. Pero esos eran otros, los ilusos, los ingenuos que creían que el mundo tenía solución.
Ahora, el Edén es sólo nuestro, de los perdidos, de los que sabemos que la esperanza, la utopía, el socialismo, la democracia, el Estado, la izquierda, son puras palabrerías sin importancia, puro invento como los reyes magos o el ratón de los dientes.
El Edén nos lo hemos adueñado los que sabemos que el sentido de la vida no es más que pura chatarra de libro de autoayuda. Y no es que seamos pesimistas, aún nos contradecimos, aún tenemos esperanza en el dolor y la desilusión. Y es que tenemos miedo al vacío.
Pero el Edén no es tan malo, digo, no pasó de ser paraíso a ser infierno. Sin el Edén nosotros no tendríamos refugio y por eso no me quejo. De vez en cuando las jacarándas color lila triste cubren el pasto podrido y crean un tapete, cual mariposas muertas, entonces parece que aún hubiera esperanza y reímos.
Así, el Edén se desdibuja en recuerdos ante nuestros ojos. Se desdibuja porque se va alejando, como cualquier recuerdo, pero, como cualquier recuerdo, es parte de nosotros.
Y si amamos los recuerdos, amamos el Edén, y eso es parte de nuestra contradicción. Pero el amor y el dolor no son contradictorios, los dos son infernales y son parte de este mundo que se pudre ante nuestros ojos.
El mundo de por sí se pudre, eso es un hecho. Se pudre acá, en el Edén, y se pudre allá, en Francia, en Brasil, en China, en Estados Unidos, en Rusia; la diferencia es que aquí lo sabemos y nos reímos de eso y no nos preocupa. La esperanza, verde como los árboles del Edén, se cae a pedacitos acá y allá, pero nosotros, los perdidos, preferimos estar acá.
El Edén, después de la manzana, es el sitio del conocimiento, por eso Adán y Eva se cubrieron de hojas. Pero ellos eran otros, los avergonzados, los que veían el mundo yéndoseles de las manos y les daba vergüenza haberlo perdido. Nosotros somos los desvergonzados, no porque no tengamos vergüenza, si no porque no tenemos de que avergonzarnos; el mundo se les fue a ellos, a los que nos precedieron, nosotros no tuvimos la culpa y no podemos hacer nada.
Si estamos en el Edén es porque nos damos cuenta; porque sabemos que los sueños se deshacen en polvo, en cenizas de cadáveres que soñaron y se descompusieron; sabemos que no hay más utopía posible que ésta; somos los conscientes, los que se burlan de los ilusos, los que se refugian en sí mismos.
Algunos nos tienen lástima, nosotros les tenemos lástima porque ellos no han aceptado que no hay sentido y seguirán buscándolo en este mundo deshecho y no lo encontrarán nunca y se olvidarán de vivir.
Nosotros, por el momento, seguiremos recostados mirando las hojas caer en plena primavera; viendo el cielo rojo de sangre o gris de miedo o negro de muerte, teñido de nubes blancas como espuma de un mar salvaje o de estrellas que murieron hace millones de años y hoy son puros espejismos.
Y este mundo, esta porquería deshecha en nuestras manos, seguirá siendo la misma porquería con o sin nosotros. Pero nosotros seguiremos siendo nosotros con o sin el mundo.
Carla de Pedro
Seguramente, el Edén está repartido por pedazos a lo largo de la Tierra, pero ¡Cómo se le ocurrió a Dios dejar un trozo cerca de filosofía! Y es que, no se crean, primeramente el Edén, el trocito que le tocó a filosofía, era bonito. Seguramente hasta tenía su pedazo de río (su riachuelo) y los pajaritos (esos que han emigrado y ahora habitan cerca de las ventanas del último piso de la facultad) revoloteaban por sus árboles y cantaban.
En ese entonces, los estudiantes de letras se reunían a fumar hierba y a plantear el futuro del mundo, ese mundo que se les dibujaba con aleteos de mariposas y se les antojaba utópico como canción de los Beatles. Pero esos eran otros, los ilusos, los ingenuos que creían que el mundo tenía solución.
Ahora, el Edén es sólo nuestro, de los perdidos, de los que sabemos que la esperanza, la utopía, el socialismo, la democracia, el Estado, la izquierda, son puras palabrerías sin importancia, puro invento como los reyes magos o el ratón de los dientes.
El Edén nos lo hemos adueñado los que sabemos que el sentido de la vida no es más que pura chatarra de libro de autoayuda. Y no es que seamos pesimistas, aún nos contradecimos, aún tenemos esperanza en el dolor y la desilusión. Y es que tenemos miedo al vacío.
Pero el Edén no es tan malo, digo, no pasó de ser paraíso a ser infierno. Sin el Edén nosotros no tendríamos refugio y por eso no me quejo. De vez en cuando las jacarándas color lila triste cubren el pasto podrido y crean un tapete, cual mariposas muertas, entonces parece que aún hubiera esperanza y reímos.
Así, el Edén se desdibuja en recuerdos ante nuestros ojos. Se desdibuja porque se va alejando, como cualquier recuerdo, pero, como cualquier recuerdo, es parte de nosotros.
Y si amamos los recuerdos, amamos el Edén, y eso es parte de nuestra contradicción. Pero el amor y el dolor no son contradictorios, los dos son infernales y son parte de este mundo que se pudre ante nuestros ojos.
El mundo de por sí se pudre, eso es un hecho. Se pudre acá, en el Edén, y se pudre allá, en Francia, en Brasil, en China, en Estados Unidos, en Rusia; la diferencia es que aquí lo sabemos y nos reímos de eso y no nos preocupa. La esperanza, verde como los árboles del Edén, se cae a pedacitos acá y allá, pero nosotros, los perdidos, preferimos estar acá.
El Edén, después de la manzana, es el sitio del conocimiento, por eso Adán y Eva se cubrieron de hojas. Pero ellos eran otros, los avergonzados, los que veían el mundo yéndoseles de las manos y les daba vergüenza haberlo perdido. Nosotros somos los desvergonzados, no porque no tengamos vergüenza, si no porque no tenemos de que avergonzarnos; el mundo se les fue a ellos, a los que nos precedieron, nosotros no tuvimos la culpa y no podemos hacer nada.
Si estamos en el Edén es porque nos damos cuenta; porque sabemos que los sueños se deshacen en polvo, en cenizas de cadáveres que soñaron y se descompusieron; sabemos que no hay más utopía posible que ésta; somos los conscientes, los que se burlan de los ilusos, los que se refugian en sí mismos.
Algunos nos tienen lástima, nosotros les tenemos lástima porque ellos no han aceptado que no hay sentido y seguirán buscándolo en este mundo deshecho y no lo encontrarán nunca y se olvidarán de vivir.
Nosotros, por el momento, seguiremos recostados mirando las hojas caer en plena primavera; viendo el cielo rojo de sangre o gris de miedo o negro de muerte, teñido de nubes blancas como espuma de un mar salvaje o de estrellas que murieron hace millones de años y hoy son puros espejismos.
Y este mundo, esta porquería deshecha en nuestras manos, seguirá siendo la misma porquería con o sin nosotros. Pero nosotros seguiremos siendo nosotros con o sin el mundo.
Carla de Pedro
Suscribirse a:
Entradas (Atom)