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jueves, 18 de agosto de 2011

Déjate llevar

De los males de Pandora sólo quedó la esperanza, ¿Qué dios funesto sacó a la cruel esperanza de su encierro para ahogarnos tristemente en anhelos imposibles?
¡Abandonad toda esperanza aquellos que se queden en este infierno!
Por eso te recuestas, hastiado de la vida, entre las claras aguas. Sientes el leve golpeteo en tu sienes, una corriente misteriosa que te impulsa a seguirla, a nadar dentro de ella, aunque tu cuerpo se quede ahí, inmóvil en el mármol. No esperes, ya no esperes nada. Siente las alas del agua liberar tus cadenas, dejar este mundo buitre que nos devora las entrañas, consumirse como un fuego en la oscuridad, fundirse, dejar de ser.
Te hundes un poco más en la bañera y te desatas (de esta vida, de tus recuerdos, de tus pasiones, del deseo imberbe de cambiar el mundo, de tus escritos que nunca fueron más que palabras huecas, de tus amores que siempre te dejaron solo, de ti mismo). Una corriente carmesí liberada.
Déjate ir, que toda esperanza se vaya contigo.

lunes, 11 de julio de 2011

Calor. Sirenas y motores contaminan el aire. Él lee un libro, cualquier libro, no le importa el tema. Parecen poemas y él se entretiene en las metáforas de la tinta: forma castillos y caminos negros, perras correteando su cola, palomas vagabundas, etc. El autobús retumba con una música que él no escucha, las palabras se disuelven en el aire y él no las entiende. Sin motivo concreto, alza la vista. Está ahí, es la mujer más bella, iluminada por la luz que se cuela entre una nube, radiante, llena de vida. Mueve sus labios, está cantando. Él intenta escuchar: Te amo, la oye una vez con una voz melosa, desagradable. "Te amo, eres mi adoración", escucha de nuevo y no lo soporta. Bota el libro y sale corriendo por la puerta delantera. Afuera la lluvia cae en torrentes. Las calles, los autos, las casas son un eterno escurrir de tinta y él corre, huye.

DAGS

domingo, 4 de octubre de 2009

Máscaras de Zacatecas

hay algunas caras, de vez en cuando, tan verdaderas, me parece como si fueran a saltarme encima, son caras que gritan, ¿Comprendéis lo que quiero decir?, te gritan encima, es horrible, no hay modo de defenderse, no hay... modo.
Océano mar, Alessandro Baricco




Entro a un espacio de ruinas y rostros
y una sonrisa maquiavélica que se abre para mirarme con sorna.
Las miradas huecas que enuncian la fuga del alma,
seguramente acechando en las cercanías,
como prófuga, como bestia salvaje
que proviene de abismales selvas,
esperando para saltarme.
Rostros monstruosos que revelan mi existencia al reflejarme,
me veo y los veo.
Están ahí, sin vida,
sé que me ven, pero no me miran,
sé que tras su rostro no hay más que un hueco
(¿Será la manifestación del vacío humano?),
un vacio único que todos compartimos
y que, sin embargo, me perturba.
Siento el leve pestañeo de un ermitaño,
¿Serán los años de polvo los que inyectan de vida?
La mística vivacidad del tiempo
que se manifiesta en lo muerto.
Me sumerjo entre la bruma melancólica de un ojo
y de pronto me encuentro descubierto.
Es la propia niebla la que veo,
el abismo blanquecino que todos compartimos:
ideas, sueños y recuerdos difusos,
todo entremezclado, sin límite,
un vacío de blancura donde el todo se licúa,
me confunde con la nada.
Entonces quien me acompaña también se desnuda,
se muestra confundida entre la nube condensada.
Y me asusto del vacío tras los ojos,
me asusto y me escondo en los rostros de demonios,
arlequines y viejos, animales fantásticos,
pregoneros de sabia piedra,
de vitalidad de madera.
Pruebo unos, otros, camino entre miradas vacías
sin encontrar la mía.
Ahora soy un niño, ahora un viejo,
un ángel o demonio, bestia, quimera...
Y el vórtice de rostros me lleva a un nuevo espacio
¿Quien soy yo bajo este cielo?
¿Qué máscara me he puesto?
Daniel Santillán




sábado, 8 de agosto de 2009

The angel of the North - Poema


Eres la música de los árboles,

la voz callada de la piedra,

el grito profundo del río,

la triste canción de la marea,

el viejo lamento de los bosques,

el sollozo desconsolado de la lluvia.

Eres agua, eres monte, eres nube,

eres el fuego blanco de la luna.

Eres noche, eres sombra, eres idea,

eres el recuerdo dormido,

los fantasmas que mi mente recrea.


Daniel Santillán

jueves, 9 de julio de 2009

No te amo

Descubrí que a ti no te amo.
No te amo por lo que eres,
ni por lo que soy cuando estoy contigo,
porque tú ya eres otra
y yo no sé si aún estoy vivo.
No amo ni tu cuerpo, ni tus labios,
ni las noches con el sueño en exilio,
ni tus ojos nocturnos,
ni las caricias dadas al aire.
Ni siquiera te amo por mis sueños derramados
en el juego de la vida con el jugo del amor...
No te amo a ti, sino a tu recuerdo.
Amo las huellas que dejaste en mis playas,
dulces, pequeñas, inquietas, fieras, iracundas,
volátiles pero imborrables,
dolorosas pero no criminales,
cariñosas, inquebrantables.
No te amo a ti, sino a la sombra que sigue conmigo.

Daniel Santillán

miércoles, 3 de junio de 2009

Imsomnio


Y es el sueño,

el sueño que desfila interminable,

el sueño que danza,

pasa, me seduce y se revela,

es la flegelación nocturna

de sentirte en el aire,

tocar tu carne que se diluye en el vacío

propagándose en la laxitud de la alcoba,

piel de luz luciendo entre las sombras,

un soplo cálido en la mejilla,

la brisa marina

que la sábana transpira

y me naufraga entre sus olas,

un sopor nocturno que araña las sienes,

la obsesión por el suicidio

que me acosa desde hace días...


DAGS

sábado, 30 de mayo de 2009

Máquinas...

- Y es que usted no sabe lo que son esas madres, siempre la misma respuesta fría, siempre lo mismo... Trabajar día tras día sin más compañía que una máquina dentro de ese cubículo de cartón, tener que entablar ese enfermo diálogo con un montón de plástico, cables e informática. En verdad que uno termina odiándolas, odia el trabajo, odia al jefe que no sabe lo que es trabajar para él, odia el sentirse presionado por todo, odia los lunes por la mañana cuando tiene que regresar a pelearse con una puta máquina, odia la máquina, odia todo... Y ni modos ¿Qué hacer? ¿Destruir la máquina? No, sin máquina no habría trabajo; aunque me enferme, la necesito, necesito alimentarme de ese parásito. ¿Matar al patrón? ¿Para qué? Sin él no hay máquina y sin máquina no hay trabajo, y por más que lo odie, si desaparece, en cuanto se vaya uno llegará otro igual o peor.
Sí joven, sé lo que piensa, sé que a usted mi vida le importa poco, sé que en lo que menos pensaba era en los deberes, en la escuela o en el trabajo. "Ahí viene ese viejo cabrón a chingar" pensó, ¿a poco no? Yo pensaba lo mismo a su edad, creía que los viejos eran demasiado anticuados, creía que mi generación marcaría la diferencia, que el futuro estaba en la revolución, la ciencia, la tecnología, la filosofía, la justicia, los hippies, la mariguana, qué sé yo. Pero véame, terminé siendo lo mismo que critiqué, siendo parte de un sistema que odio igual que usted. No, no crea que le estoy diciendo cómo vivir. Si nunca supe qué hacer con mi vida, mucho menos sabré qué hacer con la de los demás, es sólo que al verlo tirado me acordé de cuando tenía su edad, la persona que era, lo que creía, los sueños que tuve que olvidar. No sé siquiera por qué los olvidé. Sería inútil culpar a la familia, a la pobreza, al trabajo, al sistema, no importa, fue todo y nada, sólo pasó. Y terminé por odiarme a mí mismo...
Odio... Odio... ¿Qué hacer con tanto odio? Antes golpeaba a mis hijos, agredía a mi mujer, peleaba con los vecinos y me emborrachaba. Pero la vieja murió pronto, los hijos partieron en cuanto pudieron y los vecinos me evitan. Lo único que me quedó es emborracharme, salía de la caja de cartón y camino a mi casa me detenía en algún bar, cualquiera, no importaba mientras el barman me siguiera sirviendo tragos y me dejara emborrachar a gusto... Fue por entonces que llegó el primero, parecía un estudiante de derecho de no sé qué escuela, era delgado y simpático, parecía ser muy popular y lo único que hizo fue decirme "viejo inútil" en la entrada del baño, mientras yo lidiaba por poner en pie mi borrachera. Cuando salió del baño lo oí murmurar algunas palabras, pero sólo entendí: "...ya debería morirse...". En realidad no sé si me lo dijo a mí, pero en ese momento mi frente enardeció, mis puños se apretaron hundiendo las uñas en la palma, sentí mi sangre cargada de ira circular por todo el cuerpo y agolparse en mis ojos y en las sienes, estaba furioso, pero demasiado borracho para hacer algo. Salí del bar y esperé en la banqueta, sentado, rumiando de odio, todo mi ser fue odio y embriaguez...
No tardó más de una hora en salir tambaleándose solo. Era tarde, pasada la media noche, y a esa hora en el centro de la ciudad no hay más que negocios cerrados y uno que otro automóvil. Lo seguí, esperaba poder enfrentarlo, quería reñir con él. Lo alcancé justo antes de llegar a otra calle muy oscura, le reclamé sus palabras y sólo me ignoró para introducirse en la oscuridad. Todavía con el sopor del alcohol en el cuerpo, enceguecido por la ira, corrí hacia él y le di una patada en las corvas, sus rodillas se estrellaron en el concreto y metió las manos para no caer por completo. Yo aproveché la oportunidad y le di otra patada, ahora en los brazos que lo detenían débilmente. Su simpático rostro se estrelló en el pavimento y quedó recostado boca abajo. Lo monté y con ambas manos sujetando su cabello lo hice impactarse una y otra vez. Con cada embestida mi ánimo mejoraba, la visión de la sangre me puso eufórico, las percusiones del cráneo y sus débiles quejidos me hicieron pensar en un ritmo prodigioso, como los tambores africanos que te transportan a un estado casi místico, así fue la música de la muerte... Y lo golpeé contra el suelo con más fuerza, más fuerza, más fuerza, más... Dejé al muchacho tendido en una cama de sangre, no lo sentí respirar y tampoco me importó, me fui temeroso de ser arrestado pero con una sonrisa, una especie de bienestar que duró una semana.
El segundo y el tercero llegaron unas semanas después de formas muy distintas. A uno lo encontré drogado, tirado en la acera, no parecía un indigente, pero estaba perdido en el viaje. Parecía más bien que era uno de esos chicos de clase media que están inconformes con todo y para demostrarlo se vuelven "anarquistas", se hacen tatuajes, se perforan por todos lados y usan cadenas no sé por qué. Al pasar junto a él me pidió unos pesos y como no quise dárselos me dio un golpe en la pierna haciéndome trastabillar. Enfurecido, tomé una de sus cadenas que colgaban de su chaqueta de cuero y lo ahorqué con ella, lentamente. No había nadie por la hora, así que esta vez el ritmo de la muerte fue tranquilo, acompasado por sus convulsiones y mi respiración, como un mantra que te hace entrar al nirvana. Me llevé la cadena para evitar que encontraran mis huellas. Ahora la conservo como recuerdo de mi deber.
El tercero fue ella, una chica. Vivía por mi colonia y la vi al regresar en el parque, había tenido una pelea con su novio y lloraba desconsoladamente. Me preocupé y me senté con ella a charlar en la oscuridad. Habló de sus sentimientos, de todo y de nada, estaba muy deprimida y harta de la vida, mencionó varias veces la posibilidad del suicidio. Estaba más drogada que los otros dos, el amor es la peor droga en este mundo. Después dijo: "El amor es un rayo de luna". Me sentí tan conmovido ante tan sabia verdad que decidí hacerle un favor. No me arriesgaría a que se arrepintiera de suicidarse, como yo tantas veces lo hice. Tenía que evitar que ella llegara a ser una vieja como yo, amargada, sin sueños y sin esperanzas. Ya había matado antes, así que no fue difícil hacerlo en ese momento. Me levanté y miré a mi alrededor. Habían podado los árboles recientemente y las ramas y troncos estaban amontonados muy cerca de nosotros. Tomé uno y me acerqué lentamente por atrás, ella seguía llorando, un ritmo triste, muy triste, como la sonata de Beethoven, me sentí conmovido como si escuchara un bello y melancólico poema y con un sólo movimiento dramático, golpeé su cabeza y ella cayó noqueada, sin ninguna queja. Entonces continué golpeándola con el tronco, una y otra vez, hasta asegurarme de que ya no respiraba. Estaba llevado por un sentimiento tan intenso, como hace años no sentía, me sentí más vivo y lloré.
Así me di cuenta de que todo me mataba poco a poco, la máquina, el trabajo, la sociedad. Después de matar, la vida era distinta. Todo era nuevo, más intenso, más vivo. La gente que trabajaba conmigo no se explicaba mi cambio, me volví más amable y feliz, nadie sospechaba el motivo de mi felicidad. Mientras que para mí ellos ahora eran los muertos, más muertos que esa máquina, eran bultos arrastrados por la corriente de un río oscuro, no sabían a dónde iban ni de dónde venían, sólo se dejaban arrastrar inconscientemente. Todo a mi alrededor era arrastrado por la muerte y yo los veía pasar conmovido. Para mí es un acto piadoso evitar que ustedes, jóvenes, sean arrastrados como yo lo fui por mucho tiempo. Es preferible que mueran con sueños e ilusiones y no sin ellos, como yo.
He ayudado a salir a muchos, hasta hoy usted es el trigésimo tercero, nunca me había detenido a platicar con alguno, pero no sé por qué su rostro me inspira confianza y, aunque sé que ya no me oye, quise hablar con usted. Al fin de cuentas en este mundo ya nadie oye, ni ve.

DAGS

jueves, 21 de mayo de 2009

Necrofilia

"El hombre olvida que es un muerto que conversa con muertos"
Jorge Luis Borges

Un beso con sabor a tierra
me sepulta entre tus brazos
y andamos por la ciudad
hecha de lápidas sin nombre,
sólo ventanas y concreto.

Todo está muerto,
un cementerio de cadáveres insepultos,
"carne con cara e identidad".

Nos amamos entre muertos,
la vida es una entrega en el anfiteatro.
Se muere el árbol,
el ave y el cielo
y nosotros nos entregamos en la muerte.

Frente a los ojos ciegos,
nos amamos
profanando el espacio y el aire con gemidos,
nos aferramos a la vida
arañando la tierra de la espalda,
entonces vuelve el color a las pupilas
y la rigidez se vuelve una caricia lúbrica,
nos desnudamos entre besos
y le gritamos a los que ya no escuchan
las palabras incoherentes
de nuestro amor perverso.

En un instante olvidamos el olvido,
las tumbas y los huesos,
la historia, su memoria y sus víctimas,
olvidamos todo bajo una especie de eternidad
que nos deposita en el vacío,
un pozo sin tiempo y sin espacio.

DAGS

miércoles, 6 de mayo de 2009

Recuerdos

Hay días en que los fantasmas vuelven a acosarme.
Ya no los distingo claramente,
pero aún les temo.
Hay veces en que la ventana del pasado
se empaña con las lluvias pasajeras de la época.
Por eso me gusta la lluvia
porque empaña las miradas,
las oculta.
Ya no están esas miradas,
por lo menos ya no son las mismas.
A veces me entristece saberlo,
a veces simplemente me alegro.

Hay noches en que los fantasmas se vuelven insoportables
y uno quisiera gritarles, ahogarlos, perderlos,
mentarles la madre,
correrlos, sacarlos, beberlos de nuevo
en un sepelio de cantina,
enterrarlos entre las cenizas,
entre las colillas del cigarro.
Luego renacen de su tumba
y ascienden en el humo
y vuelven a acosarme,
me asechan, me vigilan,
los veo y los respiro
y nunca dejan de rondarme.

jueves, 30 de abril de 2009

Solitarios

"Voy a irte a buscar allí, al pedazo de noche en que tropezaron de pronto tus ojos, mis ojos, tan llenos de igual soledad"
Augusto Blanca

Las plastas de lodo pegadas a sus plantas lo hacen resbalar constantemente, hace tiempo que camina sin conciencia, tropieza con las piedras del camino y las zarzas de la vereda se le van prendiendo al cuerpo, sujetándolo lo más que pueden, como si no quisieran que siga avanzando, pero por más que clavan sus espinas en la piel y en la ropa él sigue avanzando, indiferente, absorto en sus pensamientos. Me hubiera gustado traerla. Él conoce la montaña perfectamente, aquí es donde su infancia se le fue trepando árboles, corriendo, robando la verdura de las parcelas, buscando frutos y hongos silvestres, cazando ardillas y pájaros y de vez en cuando un teporingo. Sí, a ella le hubiera gustado ver estos árboles tan grandes, no hay ninguno así en la ciudad, o le encantaría el canto histérico de las aves que se sienten llenas de vida y que necesitan presumirselo al mundo, o el dulce arrorró del grillo que invita a retozar entre los pastizales. Sí, le hubiera gustado esta verde embriaguez.
Nadie en su familia sabe qué hacía ahí en sus ratos de ocio, siempre escapaba al monte una vez que acababa los deberes y se estaba ahí hasta mucho después de la puesta del sol, hasta que la luna iluminaba lo suficiente el camino para regresar. Las noches sin luna, él simplemente no regresaba, se quedaba solo en el monte y se le veía al alba, cuando los gallos gritaban como queriendo correr la oscuridad del pueblo. Su silencio, eso es lo que me gustaba, el dulce discurso del silencio. Me abría su alma a través de una mirada, un puente místico que cruza los mares torvos del ruido, ese mar que me asfixiaba era traspasado con una sola mirada, una mirada que se abría y dejaba asomar un bosque en primavera. Entonces sabía lo que ella me decía y ella sabía lo que yo deseaba. No necesitábamos usar las palabras, el estorbo del nombre que sólo limita lo nombrado, por eso éramos más libres, porque nunca fuimos nombres, sólo tú y yo. Para mí es sólo ella y nada más.
El andar es cada vez más cansado, se tiene que detener de trecho en trecho a respirar un poco y recordar el camino (hace tanto que no viene por aquí). Un camino ancho que rodea la montaña lleva a un gran páramo rodeado de grandes ocotes, pero es demasiado largo, una vereda asciende trepando la roca, a la vera del agua, abovedada por los pinos y la humedad, más cansada y rápida. La gente de los pueblos cercanos sube de vez en cuando a revisar su ganado al que deja vagar libremente por la montaña, sin más protección que una pequeña cruz de hierro incrustrada en la roca. Sí, ya recuerdo, el camino es por aquí, es defícil de encontrar un camino por donde nadie transita. Siempre traté de marcar mi propio camino, pero cuando ella me encontró fue difícil no seguirla, sus ojos se anclaron en los míos, sus ojos fueron en adelante mis ojos, mis pasos eran sus pasos. Píes sin rumbo, mirada perdida, sensación de estar en un leve sueño, como flotando sobre el concreto que dejó de serlo y ahora es una nube que nos sostiene y nosotros sólo somos dos hojas solitarias separadas por el viento, sólo andamos por la certeza de que hemos de volver a encontrarnos, por el juego de los encuentros y los besos.
En realidad nadie lo conoce, ni sus propios padres, nunca llevó un amigo a casa, ni tuvo problemas en la escuela, parecía que siempre estaba solo y nunca fue una persona social, se alejaba de sus compañeros, no por miedo u odio, sino por un instinto que lo obligaba a retirarse. Era siempre amable y cortés, pero no hacía amigos, siempre pasaba desapercibido y a los que se interesaban por él nunca les contaba más de lo necesario. Como dos fantasmas, siempre éramos dos sombras jugando a encontrarse, tu piel de sombra que me devuelve las caricias, nuestras sombras siempre se buscaron, se entrelazaron en el suelo y en la cama, esa cama siempre disponible, la cama del sueño de otoño, de los abrazos eternos, el refugio del sol que nos hería con sus flechas de luz. Siempre fuimos dos sombras besándose en los rincones de tu habitación. Después de su ingreso a la universidad dejó de ir a la montaña, parece que cambió sus excursiones infantiles por sus grandes exploraciones de los libros, los viajes imaginarios que lo ausentaban aún más, cuando estaba en casa sólo leía y sus retardos eran automáticamente atribuidos a ellos.
Sola, tú también estabas sola, vacía de recuerdos y nostalgias, volabas por las calles sin lastres, sin miedos, volabas de tu casa vacía hasta mis brazos abiertos, volabas, dormías, saltabas entre las sábanas y te fundías conmigo en un abrazo. Hace tiempo que no huye a la montaña, su familia posiblemente pensó que no lo hacía por falta de tiempo, por las nuevas responsabilidades que trae la vida universitaria, varias veces se había quedado en el campus, tal vez con un amigo. Sed nocturna, sed de labios, ansias de respirar tu pelo y evaporarme en su perfume, el vuelo y sus cadencias nos unen en el cenit, nos unimos en el vacío, en la eterna caída y nos fundimos y ya no somos cuerpos inertes, somos etéreos, somos estrellas fugaces huyendo de la noche y nos detenemos a oler la explosión de las flores y escuchamos la lentitud de las nubes y sentimos la aspereza del aire y somos y ya.
Rumores en la escuela, en la ciudad, en el pueblo, rumores mortales, son el cruel viento después de la tormenta, el último soplo del huracán. Han encontrado a una estudiante apuñalada en su dormitorio. No es de aquí, no tiene amigos ni familia, nadie la conocía, nadie la recuerda, nadie sabía si tenía amigos o no, estaba siempre sola en su cuarto o vagaba por ahí, perdida entre la multitud. Hay quien la relaciona con un muchacho, a veces se les veía juntos, pero nadie les prestaba atención. Nada se sabía de ellos. Tus ojos de agua me torturaban, tu mirada lluvia que azotaba mis ventanas, vendaval del odio. No pude resistirlo. Yo también lloré y lloví, y el agua fue licor y el licor vómito e ira. Vomité tu nombre, mil veces tu nombre, hasta no quedarme nada en las entrañas, me desgarré la garganta tratando de quemarlo pero quedó ahí, atorado, como una piedra tapando la profundidad del pozo, tu nombre piedra, sabor acre que me irrita, que arde en la punta de la lengua, tu nombre sangre, tu nombre grito, tu nombre tabú, tu nombre plegaria a un dios indiferente. Las sombras se levantan y el día deja de serlo. Sus pasos son cada vez más lentos pero está cerca. Su lugar favorito de la infancia es ahora un páramo de asolado por los tala montes, violado, saqueado, quemado. Perdóname. La cruz de hierro, escondida entre el zacate, sigue en su lugar estoicamente, aún trata de cumplir su función aunque se le nota un poco doblada. Te nombré y fuiste mía, fue mi nombre el que te di, el nombre creado para ti desde mi alma, te nombré y dejaste de ser libre, ya no fuiste tú, ni fui más yo. En su cara permanecen las huellas de largos llantos, está sucio y abatido. Recuerda el momento pero es todo dolor. Amor de hombre, amor de odio, amor mortal que surge del éter, amor droga activa, amor opio, sueño de violencia con hambre de sangre entre las manos, amos. Amor, perdóname. Trae la misma palabra entre los dientes desde hace horas: perdóname. Una cuerda sujeta a la cruz, una cuerda tensa sin música y sin guitarra. Perdóname. Perdóname
DAGS

martes, 21 de abril de 2009

Rutina

Despertar con las sombras aún pegadas al cuerpo,
a los párpados que no quieren dejarlas.
Sacudir los últimos fantasmas de mi cama
para que corran a esconderse en un rincón abierto.
Ver siempre los mismos rostros desconocidos,
¡Todos son los mismos!
Soportar la soledad entre tanta compañía,
ciego entre ciegos, mudo entre mudos,
inválidos viviendo por instinto.
Recitarle a un sordo a gritos,
mostrarle a un ciego el color de la propia sangre.
Pensar en el suicidio al menos cuatro veces al día,
la apuesta necia entre animal y ángel,
carne de animal vivo,
supervivencia pasiva,
y la fiera celeste luchando por liberarse:
liberación, revolución, ascensión.
Volver, volar, caer, enamorarse,
sentir el vértigo del instante,
fricción, tensión, pasión, ficción.
Tocar piel de arena deshaciéndose en la mano.
Buscar inútilmente en el sexo un motivo.
Besar la sal sin encontrar los labios,
besar mintiendo
con los ojos muy abiertos,
besar fantasmas y dejarlos de lado.
Acostarse sabiendo que nada tiene sentido.

DAGS

viernes, 17 de abril de 2009

Para Ana

La odio
porque perturba la tranquilidad de mi sueño,
porque resuena en los huecos
y humedad de mi boca;
la odio porque la leo en los ojos,
en los míos y en los reflejos,
en los que miro
y en los que no beso.
La odio como odia la corza
las saetas que lleva el viento,
como odian las palomas
a los ciclones fieros.
La odio con todas mis entrañas.
con todo mi deseo.

DAGS

miércoles, 15 de abril de 2009

Ojos de gata

Ojos de gata,
retadores, altivos, seductores,
parece que te desnudan,
que se desnudan
con un juego imperativo.
Ojos de magma,
volcán latente,
grito ahogado por el iris,
reflexión del caos,
vértigo del vuelo
en el cielo que se encarna en tu mirada.
Evocación de la lujuria.
Ojos de tierra,
de selva en brama.
Ojos de fiera,
ágiles, temibles, feroces.
Ojos de furia.


DAGS

lunes, 13 de abril de 2009

Musas sustituibles

Daría mis manos marchitas por creer
que las musas pueden sustituirse,
por poder cambiar mi fuente de pasiones
como si fuera ropa usada.

Olvidarte hoy por la mujer
que me pondré mañana,
por el sueño imposible del martes siguiente,
por el paraíso de jardines dominicales,
por las noches de insomnio y fieras espectrales.

Qué delicioso sería poder dejarte en el camino
y olvidarte, así, sin más.

Pero no es posible.
Te llevo cargando en la maraña del pelo,
tatuada en los párpados y en los ojos,
así como en estas manos cansadas.
Te veo lejana, pero te veo
siempre que mi gusto infantil
por caminar de espaldas
me hace voltear invariablemente.
Te veo y sonrio
cada que doy un paso hacia atrás.

DAGS

martes, 24 de marzo de 2009

Vístete

"Pero no, es abstracta, es un pájaro
de sonidos en el aire del encumbrado aire"


Fernando Pessoa




Vístete, Amor, de aquel cuerpo,
ese que tanto me gusta,
el de cabellera rizada
y sonrisa franca,
el de piernas largas
y estrecha cintura.
Mañana, quizá, usa otro:
el de piel blanca con lunares en la espalda,
el de caderas sueltas
o el de mirada terrible,
de espantosa incertidumbre,
o el de ojos oscuros
y lágrimas diáfanas.
Ponte los pies pequeños,
los que danzan con el viento,
las manos dulces
con dedos indiscretos.
Usa el nombre de santa
o, tal vez, el de Puta.
Vístete, Amor.
Vístete ya, que te espero.


DAGS

lunes, 16 de marzo de 2009

El Éxodo

He aquí el pueblo de los hijos del cine y la televisión,
el pueblo que no encuentra su lugar.
Somos los que huyen, los que se escapan,
los que se abrigan con una sábana de mariguana,
los que buscan nuevos labios en qué protegerse,
sexo frío que nos refresque
la ansiedad,
los que se pierden en los ríos místicos del alcohol,
los que nadamos sin saber la dirección.
Somos los errantes, los viajeros,
los que perdimos el verde cielo
(¿El verde infierno?).
Caminamos, caminamos, caminamos en el tedio
sobre calles de apatía.
Pedimos alojo en cualquier cantina,
cualquier pinche lugar
que nos deje perdernos.
¡Mirad, ya han abierto Las Duelistas!

DAGS

domingo, 15 de marzo de 2009

Mariposa


"Son las ansias sin fin, las esperanzas,
las ilusiones del amor, venidas
de azules y profundas lontananzas."
Manuel José Othón

Te encontré aquel día de mayo, viniste con las lluvias a entristecer mis días. Te encontré por casualidad, por intuición. Simplemente te encontré ahí. Yo había estado jugando con las palabras, mis perras negras, sólo un poco, ya sabes. Seguramente te llamó la atención tanto jugueteo, tanta locura, tanta confusión que yo y mis perras solemos arrastrar.
Te ví de lejos, un poco borrosa, riendo como sólo tú sabes hacerlo.
Me gustó tu risa desde el primer momento, aunque casi siempre la vi de lejos, la sentí a la distancia. También me gustaron tus ojos, expresivos, extraños, cautivadores, inquietos. Los veía volar constantemente para después aterrizar de pronto, temerosos. Tú eres una extraña confusión entre miedo y temeridad. Quieres volar y cuando llegas alto te derrumbas, mas siempre recuerdas tus vuelos con cierto tono melancólico. Me gusta la rara mezcla de tristeza y alegría de tus ojos.
Viniste con el viento, con las lluvias de mayo, llegaste tan rápido que no me di cuenta hasta que estaba empapado junto a tí. Sé que te irás, mas no importa, porque el viento te traerá de nuevo, con otras ropas, con otro nombre, pero con los mismos ojos. Tal vez el viento me llevará contigo, tal vez deje de soplar y puedas quedarte. No sé lo que pasará, sólo no lo sé...


DAGS