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jueves, 14 de julio de 2011

Filosofar sobre los mecates

Dicen que una sábana tendida, volando por el viento de un hermoso día veraniego del sur, inspiró la escena de Cien años de soledad en que Remedios, la bella, sale volando por el aire; hermosa, celestial y pura, como una ligera y volátil sábana blanca.
Pues esto, y hay que remarcarlo, no fue nada como eso, y para tirarnos esa imagen tan bella habría que decir que fue precisamente lo contrario.
Y no fue culpa de Esteban, cuya imaginación no se quedaba atrás y junto a quien García Márquez, Julio Verne, Balzac o cualquier otro hombre capaz de crearse universos paralelos ante la observación del más cotidiano de los objetos habría quedado opacado, pues, aunque Esteban jamás había escrito un libro, ni siquiera un verso, su imaginación era capaz de cruzar espacios, tiempos, dimensiones, palabras.
El problema fue que los mecates estaban vacíos, tan vacíos, podríamos decir, como los ojos de la amada sin su amado, como el macrocosmos de Kubrick sin música, como el reloj sin tic-tac, como un plato sin comida (todo esto podría haber dicho Esteban pero su mente no podía estancarse tan acá; su mente, que viajaba a la velocidad de la luz, a pesar de no entender lo mínimo de las ecuaciones de Einstein, iba siempre un paso más allá de lo que sus profesores de la escuela consideraban coherente.)
Así pues, mientras Esteban buscaba inspiración para su proyecto de clase de literatura, mirando las nubes que paseaban por el cielo del patio de su casa, se topó con los mecates, esos mecates de plástico rojos que ensangrentaban, negros que recortaban o azules que hacían del cielo una pintura cubista.
No es que los mecates careciesen de belleza, Esteban sabía eso, más bien contrastaban completamente con la belleza tradicional de una fotografía de tarjeta postal.

Esteban no dudaba de la utilidad de los mecates, recordemos que este era un proyecto literario, no publicitario, no una crítica de la praxis, no un ensalzamiento de lo sencillo frente a lo tecnológico (mecates contra secadora de ropa) sino un trabajo de literatura.
Así pues, y tratando de seguir al pie de la letra las palabras de Oscar Wilde en tanto a que todo arte es completamente inútil, Esteban se dispuso a alabar la belleza del trozo de plástico más olvidado, ignorado, desacreditado por los estetas, por los filósofos e incluso por las amas de casa que podían odiarlo más allá de toda lógica.
Esteban admiró por un instante al creador de tan bella, colorida, folclórica y artesanal obra y fue así, de su repentina sensación de lo bello como algo tangible, concreto y simple; todo lo contrario de la intangible, virginal, etérea y profunda Remedios; que surgió el poema más absurdo, sencillo, realista, de limitado léxico, sin nada de ética y de insalvable estética jamás escrito.
No podemos decir que Esteban se sintió mal ante su reprobatoria calificación en la asignatura de Literatura 5, sin embargo, y talvez sin ser consciente de la causa, no volvió a escribir ni una palabra literaria y se dedicó a la ciencia.
La ciencia no ganó gran cosa, pues Esteban nunca pudo comprender ni una sola de las ecuaciones de Einstein, pero la literatura, sin embargo, perdió a uno de los mejores escritores que jamás existieron y jamás existirán y ni siquiera lo supo.
Habrán los creadores de alejarse de las grandiosas, pero destructivas, divagaciones que giran en torno a los mecates; y habrán de agradecer los lectores que aquella tarde veraniega hubiera en el patio de García Márquez una bella y blanca sábana moviéndose danzante al ritmo del viento.

Carla de Pedro

sábado, 30 de mayo de 2009

Máquinas...

- Y es que usted no sabe lo que son esas madres, siempre la misma respuesta fría, siempre lo mismo... Trabajar día tras día sin más compañía que una máquina dentro de ese cubículo de cartón, tener que entablar ese enfermo diálogo con un montón de plástico, cables e informática. En verdad que uno termina odiándolas, odia el trabajo, odia al jefe que no sabe lo que es trabajar para él, odia el sentirse presionado por todo, odia los lunes por la mañana cuando tiene que regresar a pelearse con una puta máquina, odia la máquina, odia todo... Y ni modos ¿Qué hacer? ¿Destruir la máquina? No, sin máquina no habría trabajo; aunque me enferme, la necesito, necesito alimentarme de ese parásito. ¿Matar al patrón? ¿Para qué? Sin él no hay máquina y sin máquina no hay trabajo, y por más que lo odie, si desaparece, en cuanto se vaya uno llegará otro igual o peor.
Sí joven, sé lo que piensa, sé que a usted mi vida le importa poco, sé que en lo que menos pensaba era en los deberes, en la escuela o en el trabajo. "Ahí viene ese viejo cabrón a chingar" pensó, ¿a poco no? Yo pensaba lo mismo a su edad, creía que los viejos eran demasiado anticuados, creía que mi generación marcaría la diferencia, que el futuro estaba en la revolución, la ciencia, la tecnología, la filosofía, la justicia, los hippies, la mariguana, qué sé yo. Pero véame, terminé siendo lo mismo que critiqué, siendo parte de un sistema que odio igual que usted. No, no crea que le estoy diciendo cómo vivir. Si nunca supe qué hacer con mi vida, mucho menos sabré qué hacer con la de los demás, es sólo que al verlo tirado me acordé de cuando tenía su edad, la persona que era, lo que creía, los sueños que tuve que olvidar. No sé siquiera por qué los olvidé. Sería inútil culpar a la familia, a la pobreza, al trabajo, al sistema, no importa, fue todo y nada, sólo pasó. Y terminé por odiarme a mí mismo...
Odio... Odio... ¿Qué hacer con tanto odio? Antes golpeaba a mis hijos, agredía a mi mujer, peleaba con los vecinos y me emborrachaba. Pero la vieja murió pronto, los hijos partieron en cuanto pudieron y los vecinos me evitan. Lo único que me quedó es emborracharme, salía de la caja de cartón y camino a mi casa me detenía en algún bar, cualquiera, no importaba mientras el barman me siguiera sirviendo tragos y me dejara emborrachar a gusto... Fue por entonces que llegó el primero, parecía un estudiante de derecho de no sé qué escuela, era delgado y simpático, parecía ser muy popular y lo único que hizo fue decirme "viejo inútil" en la entrada del baño, mientras yo lidiaba por poner en pie mi borrachera. Cuando salió del baño lo oí murmurar algunas palabras, pero sólo entendí: "...ya debería morirse...". En realidad no sé si me lo dijo a mí, pero en ese momento mi frente enardeció, mis puños se apretaron hundiendo las uñas en la palma, sentí mi sangre cargada de ira circular por todo el cuerpo y agolparse en mis ojos y en las sienes, estaba furioso, pero demasiado borracho para hacer algo. Salí del bar y esperé en la banqueta, sentado, rumiando de odio, todo mi ser fue odio y embriaguez...
No tardó más de una hora en salir tambaleándose solo. Era tarde, pasada la media noche, y a esa hora en el centro de la ciudad no hay más que negocios cerrados y uno que otro automóvil. Lo seguí, esperaba poder enfrentarlo, quería reñir con él. Lo alcancé justo antes de llegar a otra calle muy oscura, le reclamé sus palabras y sólo me ignoró para introducirse en la oscuridad. Todavía con el sopor del alcohol en el cuerpo, enceguecido por la ira, corrí hacia él y le di una patada en las corvas, sus rodillas se estrellaron en el concreto y metió las manos para no caer por completo. Yo aproveché la oportunidad y le di otra patada, ahora en los brazos que lo detenían débilmente. Su simpático rostro se estrelló en el pavimento y quedó recostado boca abajo. Lo monté y con ambas manos sujetando su cabello lo hice impactarse una y otra vez. Con cada embestida mi ánimo mejoraba, la visión de la sangre me puso eufórico, las percusiones del cráneo y sus débiles quejidos me hicieron pensar en un ritmo prodigioso, como los tambores africanos que te transportan a un estado casi místico, así fue la música de la muerte... Y lo golpeé contra el suelo con más fuerza, más fuerza, más fuerza, más... Dejé al muchacho tendido en una cama de sangre, no lo sentí respirar y tampoco me importó, me fui temeroso de ser arrestado pero con una sonrisa, una especie de bienestar que duró una semana.
El segundo y el tercero llegaron unas semanas después de formas muy distintas. A uno lo encontré drogado, tirado en la acera, no parecía un indigente, pero estaba perdido en el viaje. Parecía más bien que era uno de esos chicos de clase media que están inconformes con todo y para demostrarlo se vuelven "anarquistas", se hacen tatuajes, se perforan por todos lados y usan cadenas no sé por qué. Al pasar junto a él me pidió unos pesos y como no quise dárselos me dio un golpe en la pierna haciéndome trastabillar. Enfurecido, tomé una de sus cadenas que colgaban de su chaqueta de cuero y lo ahorqué con ella, lentamente. No había nadie por la hora, así que esta vez el ritmo de la muerte fue tranquilo, acompasado por sus convulsiones y mi respiración, como un mantra que te hace entrar al nirvana. Me llevé la cadena para evitar que encontraran mis huellas. Ahora la conservo como recuerdo de mi deber.
El tercero fue ella, una chica. Vivía por mi colonia y la vi al regresar en el parque, había tenido una pelea con su novio y lloraba desconsoladamente. Me preocupé y me senté con ella a charlar en la oscuridad. Habló de sus sentimientos, de todo y de nada, estaba muy deprimida y harta de la vida, mencionó varias veces la posibilidad del suicidio. Estaba más drogada que los otros dos, el amor es la peor droga en este mundo. Después dijo: "El amor es un rayo de luna". Me sentí tan conmovido ante tan sabia verdad que decidí hacerle un favor. No me arriesgaría a que se arrepintiera de suicidarse, como yo tantas veces lo hice. Tenía que evitar que ella llegara a ser una vieja como yo, amargada, sin sueños y sin esperanzas. Ya había matado antes, así que no fue difícil hacerlo en ese momento. Me levanté y miré a mi alrededor. Habían podado los árboles recientemente y las ramas y troncos estaban amontonados muy cerca de nosotros. Tomé uno y me acerqué lentamente por atrás, ella seguía llorando, un ritmo triste, muy triste, como la sonata de Beethoven, me sentí conmovido como si escuchara un bello y melancólico poema y con un sólo movimiento dramático, golpeé su cabeza y ella cayó noqueada, sin ninguna queja. Entonces continué golpeándola con el tronco, una y otra vez, hasta asegurarme de que ya no respiraba. Estaba llevado por un sentimiento tan intenso, como hace años no sentía, me sentí más vivo y lloré.
Así me di cuenta de que todo me mataba poco a poco, la máquina, el trabajo, la sociedad. Después de matar, la vida era distinta. Todo era nuevo, más intenso, más vivo. La gente que trabajaba conmigo no se explicaba mi cambio, me volví más amable y feliz, nadie sospechaba el motivo de mi felicidad. Mientras que para mí ellos ahora eran los muertos, más muertos que esa máquina, eran bultos arrastrados por la corriente de un río oscuro, no sabían a dónde iban ni de dónde venían, sólo se dejaban arrastrar inconscientemente. Todo a mi alrededor era arrastrado por la muerte y yo los veía pasar conmovido. Para mí es un acto piadoso evitar que ustedes, jóvenes, sean arrastrados como yo lo fui por mucho tiempo. Es preferible que mueran con sueños e ilusiones y no sin ellos, como yo.
He ayudado a salir a muchos, hasta hoy usted es el trigésimo tercero, nunca me había detenido a platicar con alguno, pero no sé por qué su rostro me inspira confianza y, aunque sé que ya no me oye, quise hablar con usted. Al fin de cuentas en este mundo ya nadie oye, ni ve.

DAGS

lunes, 27 de abril de 2009

HuBiErA ... (no publicar)

Alguna vez te has arrepentido de haber hecho algo? yo no, nunca me he arrepentido de nada en mi vida, eso no significa que me haya portado bien en todo este tiempo, tú sabes que no, he hecho muchas cosas, tanto buenas como malas … más malas que buenas, he incluso tan malas que me sorprende aún el hecho de que haya sobrevivido, no es algo que me enorgullezca, al contrario, hay muchas cosas que me avergüenzan y prefiero no contar, pero aún así, no me arrepiento de haber hecho todo lo que hice, y sabes por qué? porque de no haberlo hecho, no sería quién soy y no estaría donde estoy, y sabes qué? estoy muy feliz de ser quién soy, de estar donde estoy y de tener lo que tengo en todos los sentidos de la expresión … sí, como muchos he estado en momentos en que quiero morir, incluso ese sentimiento se ha convertido en una de mis musas, pero al igual que tú, son momentos que me hacen más fuerte, y como dice Juan Rodríguez Freyle:

Ninguna cosa grande se hace bien de la primera vez; y pues tan grande cosa es morir, y tan necesario el bien morir, muramos muchas veces en la vida, porque acertemos a morir bien una vez en la muerte.

Con esto tampoco quiero decir que me la pasaré haciendo estupideces a propósito para estar en situaciones cabronas o en estados emocionales decadentes (mmm … tal vez lo último sí, je), simplemente seguiré con mi vida, y al igual que tú trataré de no hacer las mismas tarugadas que hice antes, haré otras (je), porque se me presentarán situaciones nuevas que tal vez libre chido de pura chiripa o tal vez no, quién sabe, sólo deseo que no llegue el momento en que me arrepienta de haber hecho algo, porque eso significaría que seré alguien que no se agrada, que estaré donde no quiero estar y que tendré lo que no quiero tener, o peor, no estaré donde quiero ni tendré lo que quiero, por qué esto último es peor? porque al ser humano le resulta más deprimente darse cuenta de lo que le falta y no de lo que le sobra, pero eso es harina de otro costal.

Además, para que arrepentirnos si ya no hay vuelta atrás? no se puede regresar el tiempo y evitar las cosas, lo único que podemos hacer es pensar la forma de solucionar el problema que se causó o chingarnos. Me caga cuando la gente dice hubiera, como si pensar en lo que se pudo haber hecho sirviera de algo, deberíamos sustituir ese hubiera por el haré, pero somos tan webones y desidiosos que eso sólo lo hacemos cuando la situación es crítica, si no es tan grave simplemente dejamos que las cosas fluUuUuUuuUyan, lo cual creo que algunas veces está chido, cuando realmente las cosas están fuera de nuestras manos, pero no sé, aveces nos ahogamos en vasos de agua y otras veces no le damos a las situaciones la importancia que requieren, somos seres extraños, aveces podría pensar que estúpidos, pero de nuevo, esto es harina de otro costal, así que para no debrayarme más, el comentario termina aquí, pero, tú te arrepientes de algo?

miércoles, 11 de marzo de 2009

Prohibido morir en el edén

Y ahora vamos a hablar de la mierda que es el mundo. ¡Cómo si eso fuera una gran novedad! Y no es que a mí me importe mucho si el mundo se pudre o deja de pudrirse. Y como no me importa por eso estoy en el Edén. Pero con eso de que las manzanas (o la fruta que haya sido para no entrar en dilemas) estaban prohibidas y que nuestra madre Eva o Ixmucané (o como se haya llamado) decidió darse un antojo, el Edén se jodió y ahora es sólo un pedazo de jardín cerca de la facultad de filosofía.

Seguramente, el Edén está repartido por pedazos a lo largo de la Tierra, pero ¡Cómo se le ocurrió a Dios dejar un trozo cerca de filosofía! Y es que, no se crean, primeramente el Edén, el trocito que le tocó a filosofía, era bonito. Seguramente hasta tenía su pedazo de río (su riachuelo) y los pajaritos (esos que han emigrado y ahora habitan cerca de las ventanas del último piso de la facultad) revoloteaban por sus árboles y cantaban.

En ese entonces, los estudiantes de letras se reunían a fumar hierba y a plantear el futuro del mundo, ese mundo que se les dibujaba con aleteos de mariposas y se les antojaba utópico como canción de los Beatles. Pero esos eran otros, los ilusos, los ingenuos que creían que el mundo tenía solución.

Ahora, el Edén es sólo nuestro, de los perdidos, de los que sabemos que la esperanza, la utopía, el socialismo, la democracia, el Estado, la izquierda, son puras palabrerías sin importancia, puro invento como los reyes magos o el ratón de los dientes.

El Edén nos lo hemos adueñado los que sabemos que el sentido de la vida no es más que pura chatarra de libro de autoayuda. Y no es que seamos pesimistas, aún nos contradecimos, aún tenemos esperanza en el dolor y la desilusión. Y es que tenemos miedo al vacío.

Pero el Edén no es tan malo, digo, no pasó de ser paraíso a ser infierno. Sin el Edén nosotros no tendríamos refugio y por eso no me quejo. De vez en cuando las jacarándas color lila triste cubren el pasto podrido y crean un tapete, cual mariposas muertas, entonces parece que aún hubiera esperanza y reímos.
Así, el Edén se desdibuja en recuerdos ante nuestros ojos. Se desdibuja porque se va alejando, como cualquier recuerdo, pero, como cualquier recuerdo, es parte de nosotros.
Y si amamos los recuerdos, amamos el Edén, y eso es parte de nuestra contradicción. Pero el amor y el dolor no son contradictorios, los dos son infernales y son parte de este mundo que se pudre ante nuestros ojos.

El mundo de por sí se pudre, eso es un hecho. Se pudre acá, en el Edén, y se pudre allá, en Francia, en Brasil, en China, en Estados Unidos, en Rusia; la diferencia es que aquí lo sabemos y nos reímos de eso y no nos preocupa. La esperanza, verde como los árboles del Edén, se cae a pedacitos acá y allá, pero nosotros, los perdidos, preferimos estar acá.

El Edén, después de la manzana, es el sitio del conocimiento, por eso Adán y Eva se cubrieron de hojas. Pero ellos eran otros, los avergonzados, los que veían el mundo yéndoseles de las manos y les daba vergüenza haberlo perdido. Nosotros somos los desvergonzados, no porque no tengamos vergüenza, si no porque no tenemos de que avergonzarnos; el mundo se les fue a ellos, a los que nos precedieron, nosotros no tuvimos la culpa y no podemos hacer nada.

Si estamos en el Edén es porque nos damos cuenta; porque sabemos que los sueños se deshacen en polvo, en cenizas de cadáveres que soñaron y se descompusieron; sabemos que no hay más utopía posible que ésta; somos los conscientes, los que se burlan de los ilusos, los que se refugian en sí mismos.

Algunos nos tienen lástima, nosotros les tenemos lástima porque ellos no han aceptado que no hay sentido y seguirán buscándolo en este mundo deshecho y no lo encontrarán nunca y se olvidarán de vivir.

Nosotros, por el momento, seguiremos recostados mirando las hojas caer en plena primavera; viendo el cielo rojo de sangre o gris de miedo o negro de muerte, teñido de nubes blancas como espuma de un mar salvaje o de estrellas que murieron hace millones de años y hoy son puros espejismos.

Y este mundo, esta porquería deshecha en nuestras manos, seguirá siendo la misma porquería con o sin nosotros. Pero nosotros seguiremos siendo nosotros con o sin el mundo.


Carla de Pedro