Mostrando entradas con la etiqueta textos larguillos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta textos larguillos. Mostrar todas las entradas

jueves, 21 de julio de 2011

Mi último cumpleaños

Normal 0 21 false false false ES-MX X-NONE X-NONE

Yo la amaba con todo mi ser. Tomábamos algunas de las mismas clases en la universidad y, desde que la vi el primer día, no podía dejar de contemplarla: era sumamente hermosa, de una belleza muy natural. Aunque siempre sonreía, me gustaba más seria, callada o pensativa; quizá ello se debe a que su desenvoltura me intimidaba mucho. Las amigas que rápidamente hizo eran igual de extrovertidas, así que no me dejaron gran oportunidad de acercarme, pero aún así ella me saludaba y hasta conversábamos casualmente. Joaquín, un amigo mutuo --que yo conocía de antes-- propiciaba que nos sentáramos cerca, en grupo, y ella a veces se interesaba en el libro que yo leía por entonces o en lo que escuchaba con audífonos. Sin embargo, mis patológicos retardos hacían que esto fuera poco frecuente porque me veía en la necesidad de tomar uno de los escasos asientos que hubiera desocupados ya varios minutos después de iniciada la clase; lo cual no impedía, debo decirlo, que la mirara, tan serena y atenta las más de las veces, o distraída y risueña —que no me gustaba tanto, pero igual la veía.


Hasta hace no mucho, visitábamos con regularidad un cafecito cerca de su casa, tarde porque los horarios se tornaron más difíciles con el paso del tiempo, las clases compartidas menos y ya no teníamos amigos comunes. Yo seguía disfrutando enormemente de su presencia, aún cuando sólo la viera comer o leer algo distraídamente; comprendía que ella tenía deberes y me conformaba, gustosamente, con seguirla contemplando detalladamente, para memorizar las formas de su rostro, y con que me dedicara miradas, sonrisitas, unas pocas palabras.

Yo sabía, no obstante, que ella no me pertenecía, que había compartido su vida con varios hombres y que seguramente los había amado a todos en distintos momentos, mientras yo sólo la miraba a ella, sólo a ella deseaba, sólo ella ocupaba hasta el mínimo de mis pensamientos. Eso me afligía profundamente, no hace falta decirlo. Pero aguantaba, resistía, me mantenía en pie, con la confianza infundada de que algún día ella cayera en la cuenta de cuánto la amaba, de que siempre iba a estar a su lado; con la esperanza de que me viera por fin, con certeza.

Hace un par de semanas la esperé en aquel café durante horas, varios días consecutivos. Nunca llegó. Me preocupé, primero, porque pensé que podría haberle sucedido algo malo, pero pronto perdí la cabeza al pensar que no me vería más, que había decidido dejar de acudir. Se me ocurrieron varias posibles causas, cada una peor que la otra. Sólo pensaba en eso y la enorme angustia no me permitía hacerlo claramente. Recorrí los alrededores de su casa y las clases de su interés, pero no acerté a emprender una búsqueda mejor. Ni siquiera pregunté por ella. Ahora yo lo sabía: ella no me vería más, yo no le importaba. Me deprimí como nunca antes: no lograba levantarme de la cama ni comía ni pensaba en otra cosa que no fuera ella. ¿Qué había hecho mal?, ¿qué me faltaba?, ¿qué quería ella? Yo no le pedía sino su presencia, sus gestos, sus movimientos, su voz.

Ayer fue mi cumpleaños. Me alisté con la esperanza vaga y agotadora de verla. Salí. Mientras caminaba, armaba mentalmente un discurso tentativo. ¿Debía abrazarla y decirle cuánto la había echado de menos?, ¿o debía recriminar su falta de tacto, su súbita ausencia? ¡No! Podría arrepentirse y partir. A todo esto, la posibilidad del encuentro era remota aunque mi anhelo de que aquello sucediera la acercaba tanto que casi podía aseverar que pasaría. Yo la seguía amando a pesar de que la incertidumbre me hiciera querer romperle la cabeza, en sentido figurado, claro: yo la amaba. Pero me había hecho sufrir tanto que hubiera deseado que ella sufriera también. Que sufriera mi ausencia, que me valorara. De cualquier modo, cuando la viera, iba a abrazarla y a pedirle que nunca más se separara de mí. Mi disposición para pagar el precio que fuera era absoluta.

Llegué al café. Me paré en la entrada y di un vistazo rápido a todo el lugar. Eso me garantizaba la oportunidad de huir sin que nadie me viera antes de permanecer otra vez sin compañía en la misma mesa. No tuve que hacerlo. Mi mirada se detuvo, ¡ahí estaba ella! Se había arrepentido, me había extrañado, había recordado mi cumpleaños y, en un gesto pacifista y reconciliador, se había presentado. Sabía que yo iría a buscarla, que sólo quería estar con ella. Apresuré mi paso, entonces, ya con una sonrisa satisfecha en la cara, y por fin me senté frente a ella, que leía y tenía los audífonos puestos. Cuando notó que había llegado, me sonrió seria, pensativamente, aún un tanto inmersa en su lectura o en su música o en ambas y todo mi ser floreció de nuevo. Me miraba atentamente, en silencio. Ninguno de los dos atinaba a decir algo.

—Hola, qué bueno verte—dijo con una sonrisa tensa, quizá nerviosa.

—…

—Hace tiempo que no te veía…

—Sí…—respondí con aturdimiento: ¡estaba teniendo una conversación con ella!

—Y, ¿cómo está Joaquín?, ¿cómo has estado tú, qué has hecho?

No recuerdo qué dije o siquiera si dije algo. Salí con la mente nublada, a paso lento.

Pronto olvidaré lo demás, una mala broma o lo que haya sido. Ese será mi regalo de cumpleaños: un poco de olvido. Y seguiré yendo al café, a esperarla cuando ella pueda ir y a verla, de lejos, leer o hablar. No necesito otra cosa. No debo intentar otra cosa. Eso sí debo recordarlo.

martes, 19 de julio de 2011

Segundo día de tormenta

la noche anterior había soñado con nosotros. ya no te perseguía sin poder mirarte el rostro para escupirte un reproche anudado en la garganta. esta vez corría a tu encuentro, descalza y extrañamente feliz. alguien nos había regalado el tiempo y despierta no lo dejé de sujetar.

había llegado ya el tan esperado segundo día de tormenta. gotas ligeras y constantes formaban una de esas lluvias que son perceptibles sólo por su acumulación y por el eco de los círculos que se forman en el lodo.

nosotros adentro, guardados clandestinamente bajo llave, empapados, sin sentir el frío, sentados sobre una podrida alfombra, alumbrados con el naranja intermitente de los faroles de la calle, festejando treinta y dos años de heridas mortales.

el humo de varios colores danzaba para mezclarse con la música y empujar la ventana, intentando filtrarse al mundo real. sonrisas involuntarias provocadas artificialmente por ese hormigueo característico en los pómulos. tus manos eternamente cálidas sintiendo mis manos repentinamente suaves. cantábamos a Ella, pretendiendo ignorar lo que nos hacía estar juntos. te mostrabas agradecido por estar conmigo y decepcionado por sentirte solo.

guardaste la botella y te incorporaste decidido a explorar el lugar: un verdadero laberinto vacío, cilíndrico y de paredes blancas. en él crecían desde la nada angostas escaleras de caracol que desaparecían cuando uno terminaba de ascender, las puertas siempre ocultas por una pared circular que obligaba a llegar al centro antes de penetrar cualquier habitación. cada piso lucía igual al inferior pero ofrecía más puertas, espejos y escaleras. en el interior de un armario al que llegamos dos veces desde partes opuestas de la casa, se escondían unas goteras que sobre cacharros con ritmos aterradores se burlaban de nosotros.

en la habitación más grande los ventanales mostraban una diminuta selva rodeada por una ciudad de grandes edificios. contemplamos el paisaje un rato y al salir notamos que al lado había otra puerta diferente a las demás, me negué a abrirla. por otro camino bajamos a un cuarto pequeño y nos instalamos en un rincón. Triste, molesto o nostálgico tocaste mi cara y mirando a donde debían estar mis ojos me dijiste:

-te debo una de mis vidas.

yo respiré profundo y me recosté en tu hombro sin hablarte de mi miedo a la oscuridad.

La muñeca

La mudanza no fue un acontecimiento de relevancia para mis padres, su rutina no se vio afectada en lo más mínimo, ellos seguían lejos de la casa y lejos de mí.

Para mis hermanas el nuevo hogar fue lo mejor que les pudo pasar. La casa era tan grande y elegante que según ellas habían ascendido varios peldaños en la sociedad. Ahora eran populares y podían tener al chico que deseaban gracias a las impresionantes fiestas que organizaban en ausencia de mis padres, las cuáles eran bastantes.

En cambio yo, desde la primera vez que entré en esa casa sentí algo que me erizaba la piel. Y conforme los días fueron pasando ese algo se hacía cada vez más tangible, hasta sentirse como una suave tela fría que cubría mi cuerpo.

No podía estar tranquila, todo el tiempo sentía la necesidad de mirar detrás de mí y encontrar ese algo que me observaba y me seguía con sigilo, pero jamás veía nada, sólo sentía su frío aliento rozándome el cuello.

El frío que me rodeaba en casa cada día era mayor, a tal grado que me veía en la necesidad de usar chamarra, guantes y botas aún en verano. Mis hermanas creyeron que estaba en una etapa de verme ridícula, mis padres jamás se dieron cuenta. Y yo no entendía por qué era la única que percibía ese algo.

Un día después de la escuela entré a la casa, y noté que se respiraba un aire tibio y confortable. Me exalté de inmediato, después de tantos meses de frío y miedo, el nuevo ambiente me parecía aún más aterrador. Tiré mi mochila y corrí a mi habitación. Abrí la puerta y ahí estaba ese algo, por fin nos veíamos cara a cara. Era como una pequeña masa gelatinosa de color naranja o café, no sabría describir exactamente su color. Me acerqué un poco a eso para mirarlo mejor. Era totalmente transparente excepto por la base que tocaba el suelo.

De pronto comenzó a arrastrarse como un caracol, y aunque era igual de lento, yo salí corriendo buscando ayuda.

En un momento escuché a mis hermanas en uno de los baños, así que me dirigí hacia allá. Estaban mis hermanas arrodilladas junto a la tina de baño. Todo estaba en penumbras, sólo unas pocas velas alumbraban tenuemente el lugar.

En cuanto entré ellas giraron sus rostros hacia mí. Por unos segundos me quedé petrificada en la puerta, sus rostros estaban un poco deformes y el demonio se reflejaba en sus ojos. Ellas sonrieron con malicia y cada una se paró en un extremo de la tina, la cual estaba llena de sangre. Después comenzaron a jalar de unas cuerdas, como si estuvieran recorriendo las cortinas de un teatro, pero en vez de cortinas, emergió de la sangre una muñeca idéntica a mí. Sus brazos estaban atados a las cuerdas, parecía crucificada, y en cuanto noté que llevaba puesta exactamente la ropa que yo traía, supe que mis hermanas querían que yo ocupara su lugar.

Me di la vuelta para huir de ahí, pero en cuanto me giré ese algo gelatinoso se pegó en mi cara cubriéndomela por completo. Traté de quitármelo con desesperación hasta que la asfixia me hizo perder el conocimiento.

Cuando abrí los ojos estaba en mi habitación, sentada enfrente de mi cama. Todo parecía tranquilo, como si hubiera despertado de una terrible pesadilla. Pero cuando traté de levantarme, mi cuerpo no respondió ¡La pesadilla no había terminado! Quise mirar mis brazos y piernas, pero tampoco pude, sólo podía mirar fijamente hacia el frente, no podía hacer nada más, ni siquiera gritar o llorar.
De pronto la puerta se comenzó abrir lentamente, el terror me invadió al pensar que algo horrible entraría a lastimarme y que yo no podría hacer nada para defenderme. Pero mi sorpresa fue inmensa al ver que era yo quien entraba y se quedaba de pie en la puerta mirándome. ¿Qué era lo que sucedía? ¿Qué hacia mi cuerpo enfrente de mí?

Después de unos segundos se acercó y se arrodilló enfrente de mí sonriendo. Definitivamente era yo, pero había algo desconocido en sus ojos, casi como lo que se había reflejado en los ojos de mis hermanas.

Me tomó del brazo y mi cuerpo colgó de mi extremidad. Después me sentó en el suelo y enderezó mi cabeza. Estábamos enfrente de un espejo en donde estaba mi reflejo y el de una muñeca de trapo. Mi reflejo comenzó a bailar y brincar, pero mi cuerpo estaba inmóvil.


Néfele Luna

La gran noche

El recorrido fue muchísimo más largo de lo que las jóvenes habías esperado, pero finalmente vieron luces en los lados del camino. Eran antorchas que alumbraban el camino hasta un claro iluminado por lámparas de vela cubiertas con esferas de vidrio blanco.

Las chicas estaban asombradas, pero el mal presentimiento de Tania creció al ver que todos los asistentes estaban vestidos con túnicas blancas y cubrían sus cabezas con largos velos blancos. Todos se veían igual, lo único que los diferenciaba era la estatura y la complexión delgada u obesa, pero no se podía distinguir quiénes eran los hombres y quiénes las mujeres. Sólo se distinguía aquella mujer con túnica blanca y dorada parada en medio del atrio, la cual Tania no había visto nunca.

Cuando el carruaje se detuvo las chicas bajaron en silencio y aquella mujer les hizo una seña para que se acercaran. Cuando lo hicieron formaron una línea enfrente de la mujer dando la espalda a los asistentes. No sabían qué decir o hacer, pero hasta ese momento todo parecía andar bien.

Aquella mujer tenía el pelo castaño peinado en un grueso chongo, era delgada y alta. Su edad no podía definirse, sólo se podía tener la certeza de que no era una niña y tampoco una anciana. Fuera de estas dos etapas cualquier edad se le podía atribuir sin ningún problema. Su túnica era blanca como la de todos los demás, pero ésta tenía hermosos bordados dorados hechos por una mano experta, tal vez la de ella misma. Los símbolos bordados eran familiares para Tania, pero desconocía sus significados.
Sin moverse de su lugar la mujer miró a cada una de las chicas detenidamente. Desde la coronilla de la cabeza hasta la punta de los pies. Las miró por completo, sin perderse ni un solo detalle, tan lentamente que parecía mirar también sus órganos, sus células, el pulso en sus venas, el movimiento de sus pulmones, de sus corazones y de sus almas.

Después de algunos largos y silenciosos minutos la mujer puso su mano en el hombro de Estela. Un breve grito ahogado se alcanzó a escuchar, pero inmediatamente el silencio reino de nuevo. La mano de la mujer se movió hacia la espalda de Estela, y la guió con amabilidad a un altar que estaba a unos pasos enfrente de las chicas. El altar de mármol blanco era un poco alto, casi como una mesa, y era tan ancho que podían recostarse dos personas sin ni siquiera tocarse.

Sin decir una sola palabra la mujer invitó a Estela a recostarse en medio del altar. Mientras lo hacía cuatro hombres aparecieron de la nada. Eran muy altos y musculosos. Llevaban túnicas blancas ajustadas en la cintura con enormes cinturones café, las mangas parecían haber sido arrancadas por ellos mismos y sus cabezas estaban cubiertas por pequeñas capuchas blancas.

Dos de esos hombres se pusieron en los extremos de la línea que formaron las jovencitas, y las obligaron a recorrerse para ocupar el vacío que había en medio. Los otros dos hombres se pusieron en los costados del altar, uno a la cabeza y el otro a los pies de Estela.

El corazón de Tania empezó a latir con fuerza y sus manos comenzaron a sudar. Respiró largo y profundo varias veces para tranquilizar su ansiedad, pero los nervios y el miedo la invadían cada vez más. Cuando creyó que se iba a desmayar sus ojos se abrieron grandes y su cuerpo se quedó petrificado al ver que la mujer sacó una daga de su pecho. Dos o tres chicas ahogaron gritos por la sorpresa. Instintivamente Estela quiso incorporarse, pero los hombres que estaban junto a ella la detuvieron sujetándola de las manos y los pies.

La mujer alzó la daga al cielo y dijo varias palabras que Tania no logró comprender. Estela desgarraba su garganta en gritos y se retorcía para zafarse de sus fuertes yugos, pero todo parecía ser inútil y nadie la ayudaba. De pronto, sin ninguna duda ni temor la mujer clavó la daga en el pecho de Estela, varias chicas gritaron rompiendo a llorar, pero Estela calló y miró a los asistentes preguntándose por qué la habían abandonado. La mujer con pulso preciso hizo un corte hacia abajo, y algunas lágrimas silenciosas rodaron por las mejillas de Estela mientras su mirada se perdía en el vació.

Todas las chicas lloraban y gritaban, excepto Tania, ella estaba paralizada viendo como la sangre manaba a chorros, manchando el vestido de la virgen y el altar de fría piedra.

Los hombres soltaron a la chica. Parecía una muñeca rota. Su cabello rubio estaba despeinado y húmedo por el sudor, sus ojos claros y vacíos parecían de vidrio, y su piel lisa y rosada semejaba a la porcelana, pero un demonio la había resquebrajado y ahora sacaba el tibio corazón para beber la pureza de un ser inocente.

Néfele Luna

Elementi cosmici

Era una tarde de otoño hermosa. El Sol comenzaba a esconderse detrás de las montañas. Los pájaros surcaban el cielo cortando las nubes. Las ardillas terminaban con la jornada del día. Y el viento soplaba suave y fresco anunciando la lluvia vespertina.

Néfele Luna abrió sus ojos y contempló por un momento la despedida del señor Sol. Después se sentó y estiró brazos y piernas para sacudirse la pereza. Tuvo un excelente día, y si hubiera sido por ella, seguiría dormida hasta muy altas horas de la noche, pero no debía. En estas últimas semanas de otoño ella tenía la mayor carga de trabajo. Afortunadamente esto ocurría una vez al año.

La joven ninfa se acercó a la orilla de la nube y miró hacia el bosque. Entre los animales y las plantas pudo distinguir a sus hermanas. Aunque sus disfraces eran muy buenos, su conducta las delataba: No cabía duda que la lechuza y la liebre que conversaban cerca de un pino eran dos de ellas. La serpiente que saltó del susto cuando pasó el señor Ratón debía ser Nape, ella siempre se sobresaltaba cuando alguien aparecía y desaparecía con rapidez. Potádes debía de estar en el río, debido a que de vez en cuando se veían pequeños chapuzones sin que ningún ser los provocara. Y el árbol que danzaba de un lado a otro sin importar la dirección del viento, indudablemente era Ptelea.

Néfele sonrió y se incorporó. Brincó de nube en nube hacia el oriente con gran agilidad, sin importar la distancia que había entre cada una de las nubes. Sus movimientos eran suaves y perfectos. No parecía alguien que luchara contra el viento, contra el tiempo o el espacio para llegar a su destino, sino que de cierta forma su materia se integraba con armonía al mundo, como una pintura donde la belleza radica en el complemento cadencioso del todo.

Se detuvo en una gran nube. Alzó los brazos, tomó al viento de las manos y comenzó a danzar con contorsiones lentas y continuas de matices celestiales. Su cabello largo y rizado parecía un vaho que acariciaba su cuerpo. Su piel trigueña exhalaba el calor del día y el misterio de la noche. Los movimientos de sus caderas imitaban el ocaso del rocío y la sublimación del llanto. De sus labios emanaba el agradecimiento y en sus ojos irradiaba felicidad.

Bajo los dóciles movimientos de sus pies las nubes se fueron acumulando poco a poco al ritmo de la danza. Cuando se hubo formado una gran nube de rojizo algodón, la danza se fue tiñendo de afrodisiaca seducción. Los dulces meneos celestiales evolucionaron a pasionales contoneos. Su abundante cabellera parecía una vorágine de incitación lujuriosa. De sus poros germinaba la fogosidad del deseo y el éxtasis del amor. En sus caderas nacía y perecía el grito de la catarsis. De su boca se vertía el brío de la existencia y en sus ojos se revelaba la magia cósmica.

En poco tiempo las nubes se ennegrecieron, y entre truenos y rayos una gran borrasca cayó en el bosque al tiempo que Néfele cayó de rodillas.

Permaneció a gatas por unos minutos. Su corazón palpitaba con fuerza. Su pecho se movía con bastante agitación, y gruesas gotas de sudor resbalaban por su rostro.

Néfele Luna

jueves, 14 de julio de 2011

Arena

“… en su arena leer que nada espere,
que no espere misterio, que no espere.”
Gilberto Owen

Pero él estaba allá, lejos, mordiéndose cada una de las uñas, estrellando el puño contra los espejos, azotando la cabeza contra las paredes para salir después al escenario, sonriendo, siendo el hombre más fuerte y poderoso, actuando su acto cotidiano de política y guerra.
Testarudo. Lo había odiado cada minuto desde su llegada a palacio. Su mirada intensa fragmentada de verdes acechándola.
Y ¿Cómo no odiarlo? En aquella aldea donde ella había nacido las mujeres eran libres y corrían, los niños bebían el agua directamente del río, los hombres amaban a sus hijos, como su padre que le había enseñado a mirar el cielo y a entenderlo.
Ahora, en aquél desierto, el cielo no decía nada; la eternidad era visible a lo largo de la extendida arena sin límites: libertad.
Pero él estaba allá, maldiciéndola, llorando como un gatito indefenso: león domado, destronado, añorándola como a una estrella brillante, lejana.
Y podía sonreír, y podía reírse de él a carcajadas, de su mirada caleidoscopio, de sus manos poseedoras de infinito, de sus labios absorbentes de almas; de la manera en que ella, la inocente, la esclava, le había arrancado poco a poco las palabras y los actos, lo había encerrado para ella sola dejando afuera el reino en ruinas, el reino en ruinas como palideciendo bajo una tormenta de arena, el mundo desecho y ella mandando, ella reina de sus ladrillos y sus laberintos y sus jardines y sus cabellos y su débil corazón y su alma.
Y ahora, el sultán solitario se dormía pensando en ella, allí en su cama angosta con perillas de metal, limitado, prisionero de su soledad mientras ella andaba sin barreras marcando sus huellas en la inacabable arena rojiza.
Y a pesar del calor, a pesar de que la vida se le iría agotando en el camino sin regreso ella sabía que él, él también moriría de soledad, moriría de vencido; y ella sabía que su propia muerte, la muerte de una esclava indefensa, acabaría barriendo finalmente la poca realidad que le quedaba a aquél reino y lo absorbería el tiempo como al vino y dejaría su espacio vacío, sólo con algunas letras sueltas, como un mito, como un cuento.

- Pobre mujer – dijo el sultán cuando le informaron de su muerte – sola en medio del desierto sin protección ni de Dios ni mía.

Carla de Pedro

Filosofar sobre los mecates

Dicen que una sábana tendida, volando por el viento de un hermoso día veraniego del sur, inspiró la escena de Cien años de soledad en que Remedios, la bella, sale volando por el aire; hermosa, celestial y pura, como una ligera y volátil sábana blanca.
Pues esto, y hay que remarcarlo, no fue nada como eso, y para tirarnos esa imagen tan bella habría que decir que fue precisamente lo contrario.
Y no fue culpa de Esteban, cuya imaginación no se quedaba atrás y junto a quien García Márquez, Julio Verne, Balzac o cualquier otro hombre capaz de crearse universos paralelos ante la observación del más cotidiano de los objetos habría quedado opacado, pues, aunque Esteban jamás había escrito un libro, ni siquiera un verso, su imaginación era capaz de cruzar espacios, tiempos, dimensiones, palabras.
El problema fue que los mecates estaban vacíos, tan vacíos, podríamos decir, como los ojos de la amada sin su amado, como el macrocosmos de Kubrick sin música, como el reloj sin tic-tac, como un plato sin comida (todo esto podría haber dicho Esteban pero su mente no podía estancarse tan acá; su mente, que viajaba a la velocidad de la luz, a pesar de no entender lo mínimo de las ecuaciones de Einstein, iba siempre un paso más allá de lo que sus profesores de la escuela consideraban coherente.)
Así pues, mientras Esteban buscaba inspiración para su proyecto de clase de literatura, mirando las nubes que paseaban por el cielo del patio de su casa, se topó con los mecates, esos mecates de plástico rojos que ensangrentaban, negros que recortaban o azules que hacían del cielo una pintura cubista.
No es que los mecates careciesen de belleza, Esteban sabía eso, más bien contrastaban completamente con la belleza tradicional de una fotografía de tarjeta postal.

Esteban no dudaba de la utilidad de los mecates, recordemos que este era un proyecto literario, no publicitario, no una crítica de la praxis, no un ensalzamiento de lo sencillo frente a lo tecnológico (mecates contra secadora de ropa) sino un trabajo de literatura.
Así pues, y tratando de seguir al pie de la letra las palabras de Oscar Wilde en tanto a que todo arte es completamente inútil, Esteban se dispuso a alabar la belleza del trozo de plástico más olvidado, ignorado, desacreditado por los estetas, por los filósofos e incluso por las amas de casa que podían odiarlo más allá de toda lógica.
Esteban admiró por un instante al creador de tan bella, colorida, folclórica y artesanal obra y fue así, de su repentina sensación de lo bello como algo tangible, concreto y simple; todo lo contrario de la intangible, virginal, etérea y profunda Remedios; que surgió el poema más absurdo, sencillo, realista, de limitado léxico, sin nada de ética y de insalvable estética jamás escrito.
No podemos decir que Esteban se sintió mal ante su reprobatoria calificación en la asignatura de Literatura 5, sin embargo, y talvez sin ser consciente de la causa, no volvió a escribir ni una palabra literaria y se dedicó a la ciencia.
La ciencia no ganó gran cosa, pues Esteban nunca pudo comprender ni una sola de las ecuaciones de Einstein, pero la literatura, sin embargo, perdió a uno de los mejores escritores que jamás existieron y jamás existirán y ni siquiera lo supo.
Habrán los creadores de alejarse de las grandiosas, pero destructivas, divagaciones que giran en torno a los mecates; y habrán de agradecer los lectores que aquella tarde veraniega hubiera en el patio de García Márquez una bella y blanca sábana moviéndose danzante al ritmo del viento.

Carla de Pedro

domingo, 4 de octubre de 2009

Despertar

Desperté y supe que te habías ido, fue ese tipo de experiencia en la que calculas que te falta parte de ti. Siempre sabemos cómo podría empezar pero nadie nos hace pensar en cómo seguir cuando se acaba.
Acabar, es un verbo que tiene un fin, el fin en si mismo como si estuviera hecho para que el ser humano entendiera que la muerte es acabar con los sueños de uno ¿los sueños tienen fin?
Los sueños son lo que me hicieron levantarme y completamente consciente de la cama decidí no ver más que mis pasos, uno tras otro, primero lograr prender la luz, las lagrimas no me permitían darme cuenta de la toalla así que me arrastré hacia el baño, la regadera hacia ese sonido de tuercas retorcidas que solo tu podías solucionar, gracias a la divinidad había agua caliente.
Me bañe, no sé por cuánto tiempo intente quitarme la desgracia que sentía en la piel, las lagrimas se confundían con el flujo de la regadera, me enjaboné y recordé no sé cuantas bromas hechas por años, las bromas no ayudaron a olvidarte.
Salí del agua y buscaba la toalla y recordé que la deje en el cuarto, inmediatamente me di cuenta de que comenzaba a pedirte que me la pasaras pero logré contener la petición y no importo salirme desnuda, más desnuda ya no me podría sentir por no sé cuánto tiempo más.
Acto siguiente fue ponerme el disfraz diario, no veía nada, la memoria muscular me ayudo, prenda tras prenda logre llegar al torso y me sentí ridícula. Ridículo es el hecho de que no podamos seguir, una prenda qué más da, la gente solo vería lo superficial nunca importa que tanto llevemos puesto siempre y cuando el velo continué en su lugar.
Total llegue y complete el ritual, necesitaba un poco de maquillaje, el trabajo exige todo. Cuando vi completada la maravilla que es despertarse un día y no precisamente cualquier día me detuve un momento.
El momento de contemplarte completa, no faltaba nada, el arete, el suéter, los zapatos, pantalón y demás, pero el velo seguía cubriéndome los ojos, las lagrimas se convirtieron en una pequeña bruma que empaña la visión.
Acabar, yo acabe en ese día pero la parte que deje en la cama… esa parte… me sigue haciendo falta.

jueves, 11 de junio de 2009

Zapatos en el alambre


algún momento del 2008

-mira mis calcetines, son de colores

-porqué te gustan tanto los calcetines?
-son felices
-se ríen contigo?
-me hacen sonreir, como el refresco rojo.
-a sí, ya recuerdo. eso de la gelatina verde y los globos aerostáticos.
-también la palabra globopuerto es feliz. hoy en la mañana escuché otra: pingüinario. también es feliz.
-yo no soy feliz.
-bésame.

-te hace feliz estar conmigo?
-no, como tampoco te hace feliz beber esa chingadera.
-préstame dinero para comprar otro trago.
-no.
-ándale, y me lo tomo con refresco feliz.
-siempre interrumpes todo. ten.
-no me tardo. no te vistas.

-ten tu cambio.
-acuéstate.
-deja que me lo fume, sino no voy a ver dónde echo la ceniza. no es bueno usar el piso de cenicero cuando no sabes bien qué hay en él.
-sólo ibas a comprar alcóhol.
-veneno en general. escucha esa canción, trata de un mediocre.
-qué chafa.
-te gustan los mediocres, por eso estás conmigo.
-te gustaría ser un mediocre, así podrías justificarte.
-no sirvo ni para ser un mediocre?
-te esfuerzas demasiado. te tiene que salir más natural.
-qué puede ser más natural que mi pinche vicio. ni siquiera me lo pago yo solo.
-...

-¡cáyense malditos pájaros!
-eres un amargado, sólo porque tú no puedes cantar...
¿qué haces? deja mis zapatos.
-a ver si así se callan.
-ni siquiera tienes puntería.
-por eso los estoy amarrando, si no les da uno les dará el otro.
jajaja!! tomen eso!
-¿ahora cómo me voy a ir?
-en calcetines, arrastrando tu felicidad. o si quieres puedes quedarte aquí, a vivir conmigo. comeremos gelatina de todos los colores.
-bueno.
-pero no te amo.
-y si yo te amo ¿a tí qué te importa?

sábado, 30 de mayo de 2009

Máquinas...

- Y es que usted no sabe lo que son esas madres, siempre la misma respuesta fría, siempre lo mismo... Trabajar día tras día sin más compañía que una máquina dentro de ese cubículo de cartón, tener que entablar ese enfermo diálogo con un montón de plástico, cables e informática. En verdad que uno termina odiándolas, odia el trabajo, odia al jefe que no sabe lo que es trabajar para él, odia el sentirse presionado por todo, odia los lunes por la mañana cuando tiene que regresar a pelearse con una puta máquina, odia la máquina, odia todo... Y ni modos ¿Qué hacer? ¿Destruir la máquina? No, sin máquina no habría trabajo; aunque me enferme, la necesito, necesito alimentarme de ese parásito. ¿Matar al patrón? ¿Para qué? Sin él no hay máquina y sin máquina no hay trabajo, y por más que lo odie, si desaparece, en cuanto se vaya uno llegará otro igual o peor.
Sí joven, sé lo que piensa, sé que a usted mi vida le importa poco, sé que en lo que menos pensaba era en los deberes, en la escuela o en el trabajo. "Ahí viene ese viejo cabrón a chingar" pensó, ¿a poco no? Yo pensaba lo mismo a su edad, creía que los viejos eran demasiado anticuados, creía que mi generación marcaría la diferencia, que el futuro estaba en la revolución, la ciencia, la tecnología, la filosofía, la justicia, los hippies, la mariguana, qué sé yo. Pero véame, terminé siendo lo mismo que critiqué, siendo parte de un sistema que odio igual que usted. No, no crea que le estoy diciendo cómo vivir. Si nunca supe qué hacer con mi vida, mucho menos sabré qué hacer con la de los demás, es sólo que al verlo tirado me acordé de cuando tenía su edad, la persona que era, lo que creía, los sueños que tuve que olvidar. No sé siquiera por qué los olvidé. Sería inútil culpar a la familia, a la pobreza, al trabajo, al sistema, no importa, fue todo y nada, sólo pasó. Y terminé por odiarme a mí mismo...
Odio... Odio... ¿Qué hacer con tanto odio? Antes golpeaba a mis hijos, agredía a mi mujer, peleaba con los vecinos y me emborrachaba. Pero la vieja murió pronto, los hijos partieron en cuanto pudieron y los vecinos me evitan. Lo único que me quedó es emborracharme, salía de la caja de cartón y camino a mi casa me detenía en algún bar, cualquiera, no importaba mientras el barman me siguiera sirviendo tragos y me dejara emborrachar a gusto... Fue por entonces que llegó el primero, parecía un estudiante de derecho de no sé qué escuela, era delgado y simpático, parecía ser muy popular y lo único que hizo fue decirme "viejo inútil" en la entrada del baño, mientras yo lidiaba por poner en pie mi borrachera. Cuando salió del baño lo oí murmurar algunas palabras, pero sólo entendí: "...ya debería morirse...". En realidad no sé si me lo dijo a mí, pero en ese momento mi frente enardeció, mis puños se apretaron hundiendo las uñas en la palma, sentí mi sangre cargada de ira circular por todo el cuerpo y agolparse en mis ojos y en las sienes, estaba furioso, pero demasiado borracho para hacer algo. Salí del bar y esperé en la banqueta, sentado, rumiando de odio, todo mi ser fue odio y embriaguez...
No tardó más de una hora en salir tambaleándose solo. Era tarde, pasada la media noche, y a esa hora en el centro de la ciudad no hay más que negocios cerrados y uno que otro automóvil. Lo seguí, esperaba poder enfrentarlo, quería reñir con él. Lo alcancé justo antes de llegar a otra calle muy oscura, le reclamé sus palabras y sólo me ignoró para introducirse en la oscuridad. Todavía con el sopor del alcohol en el cuerpo, enceguecido por la ira, corrí hacia él y le di una patada en las corvas, sus rodillas se estrellaron en el concreto y metió las manos para no caer por completo. Yo aproveché la oportunidad y le di otra patada, ahora en los brazos que lo detenían débilmente. Su simpático rostro se estrelló en el pavimento y quedó recostado boca abajo. Lo monté y con ambas manos sujetando su cabello lo hice impactarse una y otra vez. Con cada embestida mi ánimo mejoraba, la visión de la sangre me puso eufórico, las percusiones del cráneo y sus débiles quejidos me hicieron pensar en un ritmo prodigioso, como los tambores africanos que te transportan a un estado casi místico, así fue la música de la muerte... Y lo golpeé contra el suelo con más fuerza, más fuerza, más fuerza, más... Dejé al muchacho tendido en una cama de sangre, no lo sentí respirar y tampoco me importó, me fui temeroso de ser arrestado pero con una sonrisa, una especie de bienestar que duró una semana.
El segundo y el tercero llegaron unas semanas después de formas muy distintas. A uno lo encontré drogado, tirado en la acera, no parecía un indigente, pero estaba perdido en el viaje. Parecía más bien que era uno de esos chicos de clase media que están inconformes con todo y para demostrarlo se vuelven "anarquistas", se hacen tatuajes, se perforan por todos lados y usan cadenas no sé por qué. Al pasar junto a él me pidió unos pesos y como no quise dárselos me dio un golpe en la pierna haciéndome trastabillar. Enfurecido, tomé una de sus cadenas que colgaban de su chaqueta de cuero y lo ahorqué con ella, lentamente. No había nadie por la hora, así que esta vez el ritmo de la muerte fue tranquilo, acompasado por sus convulsiones y mi respiración, como un mantra que te hace entrar al nirvana. Me llevé la cadena para evitar que encontraran mis huellas. Ahora la conservo como recuerdo de mi deber.
El tercero fue ella, una chica. Vivía por mi colonia y la vi al regresar en el parque, había tenido una pelea con su novio y lloraba desconsoladamente. Me preocupé y me senté con ella a charlar en la oscuridad. Habló de sus sentimientos, de todo y de nada, estaba muy deprimida y harta de la vida, mencionó varias veces la posibilidad del suicidio. Estaba más drogada que los otros dos, el amor es la peor droga en este mundo. Después dijo: "El amor es un rayo de luna". Me sentí tan conmovido ante tan sabia verdad que decidí hacerle un favor. No me arriesgaría a que se arrepintiera de suicidarse, como yo tantas veces lo hice. Tenía que evitar que ella llegara a ser una vieja como yo, amargada, sin sueños y sin esperanzas. Ya había matado antes, así que no fue difícil hacerlo en ese momento. Me levanté y miré a mi alrededor. Habían podado los árboles recientemente y las ramas y troncos estaban amontonados muy cerca de nosotros. Tomé uno y me acerqué lentamente por atrás, ella seguía llorando, un ritmo triste, muy triste, como la sonata de Beethoven, me sentí conmovido como si escuchara un bello y melancólico poema y con un sólo movimiento dramático, golpeé su cabeza y ella cayó noqueada, sin ninguna queja. Entonces continué golpeándola con el tronco, una y otra vez, hasta asegurarme de que ya no respiraba. Estaba llevado por un sentimiento tan intenso, como hace años no sentía, me sentí más vivo y lloré.
Así me di cuenta de que todo me mataba poco a poco, la máquina, el trabajo, la sociedad. Después de matar, la vida era distinta. Todo era nuevo, más intenso, más vivo. La gente que trabajaba conmigo no se explicaba mi cambio, me volví más amable y feliz, nadie sospechaba el motivo de mi felicidad. Mientras que para mí ellos ahora eran los muertos, más muertos que esa máquina, eran bultos arrastrados por la corriente de un río oscuro, no sabían a dónde iban ni de dónde venían, sólo se dejaban arrastrar inconscientemente. Todo a mi alrededor era arrastrado por la muerte y yo los veía pasar conmovido. Para mí es un acto piadoso evitar que ustedes, jóvenes, sean arrastrados como yo lo fui por mucho tiempo. Es preferible que mueran con sueños e ilusiones y no sin ellos, como yo.
He ayudado a salir a muchos, hasta hoy usted es el trigésimo tercero, nunca me había detenido a platicar con alguno, pero no sé por qué su rostro me inspira confianza y, aunque sé que ya no me oye, quise hablar con usted. Al fin de cuentas en este mundo ya nadie oye, ni ve.

DAGS

domingo, 17 de mayo de 2009

ReMeMoRaNdO y ... (Èl No Lo SaBe ... SsSsShHhHh)

Mientras la luz espolvoreaba el nuevo refugió con risas y sueños él se acercó y beso sus labios con un roce, había llegado y estaba ahí, sentada sobre su sillón tan blanca y misteriosa, con los coquetos ojos fijos en él y la esperanza dibujada en su sonrisa.
Ninguno de los dos lo sabía.

Después del Ostara y antes del aniversario de Cáncer el cosmos los unió, él la había llamado desde antes con los sueños colgados en las estrellas y el desvarío en sus venas, pero ella sólo llegó a la ventana como un suave vapor fugitivo, mas ahora estaban ahí tan reales como la imaginación.

Ninguno de los dos lo sabía.

Ella lo había olvidado, había recorrido las calles con un pequeño vacio escondido en su corazón, bajo el amor de su madre, a la derecha de la amistad, sí, junto a la nostalgia. Se había convencido de ser una Santa o una Salamandra urbana pero nada de esa identidad rellenaba el huequito que algunos ratos punzaba con intensidad.

Ella no lo sabía.

Él estaba satisfecho con su vida, había logrado una estabilidad que pocos alcanzaban, y sabía por donde seguir, sus ojos podían ver el camino y su espíritu podía avanzar sin problemas.

Él no lo sabía.

La llevó a una peña, rico bosque mágico que sólo los de corazón puro pueden comprender, ella lo había olvidado, pero la sangre llama. De sus manos destiló la esencia de su signo lunar y el perfume de la madera erizó su piel como sólo la danza había podido.

Ya había ido a otros bosques, pero no con el carnero, no con alguien de corazón puro que la haría recordar.

Él corrió hacia el árbol y le mostró como compenetrarse, como tomar su forma, adquirir su superficie, jugar con las hojas, sentir las raíces bajo la tierra húmeda y escuchar el susurro del viento. Lo logró, logró convertir su femenino cuerpo y el del árbol en uno mismo, pero sólo por un breve momento porque la razón de la ignorancia pasó rápidamente.

Caminaron, él le mostraba y ella vibraba, la sangre llama.

Cansada por la confusión se sentó en una banca e inconscientemente tomó unas varas, él se sentó junto a ella y le comenzó a hablar de cosas mágicas que se hallaban alrededor, ella lo escuchaba y sin darse cuenta dibujaba con las varas olvidados ritos en la tierra. -Llévame a la Sierra de Oaxaca a conocer a la bruja Doña Cata- La sangre llama.

Abandonó la banca y se sentó en el pasto, él se sentó junto a ella y beso su desnudo hombro con un roce y entonces ella pudo ver las hadas, unicornios, duendes, brujas, sátiros … todo lo que había olvidado, todo lo que no se podía ver siendo una falsa Salamandra o Santa urbana. Puso sus manos sobre el pasto y se compenetraron en uno solo, él los acarició -Qué linda ninfa del bosque- sus ojos brillaron, el hueco estaba rellenado porque ahora todo tenía sentido, lo había recordado, era una ninfa… una ménade.

Ella lo sabe, ahora es el turno de él. …

martes, 5 de mayo de 2009

Vigilia

"Abandonados siempre. ¿De qué? ¿De quién? ¿De dónde?
No importa. Nada más abandonados.
Cantamos porque sí, porque tenemos miedo,
un miedo atroz, bestial, insobornable,
y nos emborrachamos de palabras
o de risa o de angustia."
Rosario Castellanos.
Alguna vez mi propia risa me extrajo de un sueño que jamás logré recordar. Un par de veces he despertado llorando, alarmada por tragedias oníricas. Otras tantas ocasiones me he quedado dormida en una almohada —no siempre mía— húmeda de llanto. He llorado en sueños, en vigilia, en duermevela, en embriaguez. Sólo recuerdo risas en la cotidianeidad, por estimulación externa, por ánimo simple. ¿Dónde he guardado la alegría, entonces? Seguro que se ha escondido de mí por vergüenza; o quizá por venganza. Nunca la he perseguido como fin en sí mismo y ella no ha sido generosa.

He sido feliz, a ratos. Tampoco los recuerdo. Incluso la sensación me resulta vaga. Ha valido la pena, supongo. Existe la posibilidad, también, de que me engañe, de que todos lo hagamos, ¿qué es la felicidad y por que la anhelamos tanto?: la sonrisa permanentemente estúpida, la piel complaciente, la satisfacción absoluta. Jamás se reunirán. Sólo queda esperar el olvido de la incertidumbre, del rencor, de la indiferencia, tal vez de la pasión; esperar que todo gire en torno a una mirada o a un roce o a un logro contundente y exacto, siniestro.

Siempre se resta importancia a los procesos y el tiempo se deja ir, nuestro tiempo. Nos sentamos a esperar que el tiempo pase, que termine el duelo, la presión o el vacío; yo nunca he hecho nada para llenar el tiempo; sólo lo veo repleto cuando ha pasado, cuando su deformidad lo hace mentira.

Recuerdo, pues, que todo éxtasis es seguido por un estrepitoso hundimiento.

(Cuando soy feliz no pienso, exagero.)

•••

¿Cómo hacer infeliz a alguien más? Cuando es intencional nunca resulta bien. La venganza es laboriosa, absorbente, patológica. Pero si es casual resulta peor por desinteresada y certera; es subestimar al destinatario, o peor, es ignorarlo.

He sido mala, lo sé. Y no ha sido suficiente.

lunes, 4 de mayo de 2009

Desesperanza

Casi ya no recuerdo los días en que acostumbraba soñar. No recuerdo más las ilusiones, ni el ambiguo significado de la esperanza. Ahora me siento a mirar el vacío, y me parece que las nubes se encuentran más allá de las ganas del suicidio –hace cinco días lloré inconteniblemente por el miedo a la agonía y a la muerte—; más allá de las ganas de salir huyendo –cuando la gente aún podía viajar, anduve por los río profundos, por las montañas y por el mar de gran parte de Latinoamérica, y siempre sentí inevitable nostalgia y ganas de volver con la familia, ahora extinta—; más allá de estrellar mi cabeza contra la pared –de cualquier manera todo golpe físico resulta doloroso—; más allá de las ganas de estirar los pies al salir a caminar y ver el sol –el cielo siempre puede oscurecerse con polvo radioactivo—, y más allá de las ganas de salir de este hoyo oscuro y verte.

Ayer buscaste mi rastro; como por acto ritual, con mi última electricidad, sentí la vibración de tu llamado y te encontré, por las desiertas calles de lo que fue el centro de nuestra ciudad abandonada. Locales cerrados y apenas cinco transeúntes con un trapo cubriendo sus bocas, y en medio de la desolación apareciste. Me obligaste a abandonar mi agujero para arrastrarme a otro, un agujero oscuro también, pero colectivo, como último agujero de los sobrevivientes darks, hippies y cholos de barrio. Platicamos un poco; nos besamos bajo el riesgo de contagiarnos de virus, –pues en este tiempo los besos, los toqueteos y el coito sólo son seguros a través del espacio virtual –y, a pesar de todo, mi entrega no logró la magia de antaño. “¿Ya no me quieres? ¿Por qué hoy eres tan extraña conmigo?” preguntaste. Yo respondí que sí con desgano, que soy tuya, pero mis gestos delataban mi duda. Lo notaste –nunca has sido ingenuo, al menos para observar— y yo tibia –como siempre que estoy ante una situación decisiva— traté de acariciarte y decirte que aún quiero arrastrarme ante tus pasos. No lo creíste; creo que ni siquiera yo lo creí. Así que cogí mi morral y, sin despedirme, abandoné el agujero para ir a encerrarme en el mío, cuya ubicación –por si acaso un día decidieras buscarme realmente— nunca te importó conocer y cuyo estado deplorable de humedad ignoraste porque nunca te importó saberlo. Quizá sea por la humedad que mi corazón ya no cree nada, que no tiene calidez alguna y que parece purulento. La causa de tanta humedad son mis lágrimas y mis estornudos. Creo que enfermé desde hace tiempo; creo que pronto me apagaré.

sábado, 2 de mayo de 2009

BeFoRe AnD nOw (ErAsE aNd ReWiNd) (No publicar)

Hey, what did you hear me say a dry tear rolls for my cheek while the drops of the pulque open an escape to the ideal you know the difference it makes and I fill up the happiness with rum while the smoke of the peace increases my friendship with my brothers.

Yes, I said it's fine before and their looks and words drag themselves on my skin leaving a nauseous smell that I suck in with eager filth I don't think so no more and my look involved you and your blood begins to boil while my lips humidify themselves.

I said it's fine before I raise the arms and the music takes off me the integrity to entangle her in the lights that draw up my head I've changed my mind but with soft movements I bathe myself of the rhythm of the sensuality while I rub my skin with lukewarm and delicate lights.

I take it back two, for, six … What difference do how many hands are? Even so they solely know to smear with mud shit on my body erase and rewind and the caresses dress my body of nakedness leaving a celestial fragrance.

It's not the right way, you know They tear my clothes rooting up pieces of my rotten stem, the escapes close themselves, I’m here and now to nauseated me of excitement I just don't want it to grow he fill my spirit with his sugary kisses while the drops of swear open an escape to the ecstasy.

Where did you see me go I gather the frayed integrity, my eyes bled black tears and although I start me the skin with the nails I can remove the dirtiness that wounds my conscience I just don't want it to grow I retire his tender arms of my satisfied body and I sharpen the dagger that going to tear his loving illusions on top of my ego.

I take it back a dry tear rolls for my cheek while the drops of the pulque open an escape to the ideal erase and rewind and I fill up the happiness with rum while the smoke of the peace increases my friendship with my brothers.

jueves, 30 de abril de 2009

Solitarios

"Voy a irte a buscar allí, al pedazo de noche en que tropezaron de pronto tus ojos, mis ojos, tan llenos de igual soledad"
Augusto Blanca

Las plastas de lodo pegadas a sus plantas lo hacen resbalar constantemente, hace tiempo que camina sin conciencia, tropieza con las piedras del camino y las zarzas de la vereda se le van prendiendo al cuerpo, sujetándolo lo más que pueden, como si no quisieran que siga avanzando, pero por más que clavan sus espinas en la piel y en la ropa él sigue avanzando, indiferente, absorto en sus pensamientos. Me hubiera gustado traerla. Él conoce la montaña perfectamente, aquí es donde su infancia se le fue trepando árboles, corriendo, robando la verdura de las parcelas, buscando frutos y hongos silvestres, cazando ardillas y pájaros y de vez en cuando un teporingo. Sí, a ella le hubiera gustado ver estos árboles tan grandes, no hay ninguno así en la ciudad, o le encantaría el canto histérico de las aves que se sienten llenas de vida y que necesitan presumirselo al mundo, o el dulce arrorró del grillo que invita a retozar entre los pastizales. Sí, le hubiera gustado esta verde embriaguez.
Nadie en su familia sabe qué hacía ahí en sus ratos de ocio, siempre escapaba al monte una vez que acababa los deberes y se estaba ahí hasta mucho después de la puesta del sol, hasta que la luna iluminaba lo suficiente el camino para regresar. Las noches sin luna, él simplemente no regresaba, se quedaba solo en el monte y se le veía al alba, cuando los gallos gritaban como queriendo correr la oscuridad del pueblo. Su silencio, eso es lo que me gustaba, el dulce discurso del silencio. Me abría su alma a través de una mirada, un puente místico que cruza los mares torvos del ruido, ese mar que me asfixiaba era traspasado con una sola mirada, una mirada que se abría y dejaba asomar un bosque en primavera. Entonces sabía lo que ella me decía y ella sabía lo que yo deseaba. No necesitábamos usar las palabras, el estorbo del nombre que sólo limita lo nombrado, por eso éramos más libres, porque nunca fuimos nombres, sólo tú y yo. Para mí es sólo ella y nada más.
El andar es cada vez más cansado, se tiene que detener de trecho en trecho a respirar un poco y recordar el camino (hace tanto que no viene por aquí). Un camino ancho que rodea la montaña lleva a un gran páramo rodeado de grandes ocotes, pero es demasiado largo, una vereda asciende trepando la roca, a la vera del agua, abovedada por los pinos y la humedad, más cansada y rápida. La gente de los pueblos cercanos sube de vez en cuando a revisar su ganado al que deja vagar libremente por la montaña, sin más protección que una pequeña cruz de hierro incrustrada en la roca. Sí, ya recuerdo, el camino es por aquí, es defícil de encontrar un camino por donde nadie transita. Siempre traté de marcar mi propio camino, pero cuando ella me encontró fue difícil no seguirla, sus ojos se anclaron en los míos, sus ojos fueron en adelante mis ojos, mis pasos eran sus pasos. Píes sin rumbo, mirada perdida, sensación de estar en un leve sueño, como flotando sobre el concreto que dejó de serlo y ahora es una nube que nos sostiene y nosotros sólo somos dos hojas solitarias separadas por el viento, sólo andamos por la certeza de que hemos de volver a encontrarnos, por el juego de los encuentros y los besos.
En realidad nadie lo conoce, ni sus propios padres, nunca llevó un amigo a casa, ni tuvo problemas en la escuela, parecía que siempre estaba solo y nunca fue una persona social, se alejaba de sus compañeros, no por miedo u odio, sino por un instinto que lo obligaba a retirarse. Era siempre amable y cortés, pero no hacía amigos, siempre pasaba desapercibido y a los que se interesaban por él nunca les contaba más de lo necesario. Como dos fantasmas, siempre éramos dos sombras jugando a encontrarse, tu piel de sombra que me devuelve las caricias, nuestras sombras siempre se buscaron, se entrelazaron en el suelo y en la cama, esa cama siempre disponible, la cama del sueño de otoño, de los abrazos eternos, el refugio del sol que nos hería con sus flechas de luz. Siempre fuimos dos sombras besándose en los rincones de tu habitación. Después de su ingreso a la universidad dejó de ir a la montaña, parece que cambió sus excursiones infantiles por sus grandes exploraciones de los libros, los viajes imaginarios que lo ausentaban aún más, cuando estaba en casa sólo leía y sus retardos eran automáticamente atribuidos a ellos.
Sola, tú también estabas sola, vacía de recuerdos y nostalgias, volabas por las calles sin lastres, sin miedos, volabas de tu casa vacía hasta mis brazos abiertos, volabas, dormías, saltabas entre las sábanas y te fundías conmigo en un abrazo. Hace tiempo que no huye a la montaña, su familia posiblemente pensó que no lo hacía por falta de tiempo, por las nuevas responsabilidades que trae la vida universitaria, varias veces se había quedado en el campus, tal vez con un amigo. Sed nocturna, sed de labios, ansias de respirar tu pelo y evaporarme en su perfume, el vuelo y sus cadencias nos unen en el cenit, nos unimos en el vacío, en la eterna caída y nos fundimos y ya no somos cuerpos inertes, somos etéreos, somos estrellas fugaces huyendo de la noche y nos detenemos a oler la explosión de las flores y escuchamos la lentitud de las nubes y sentimos la aspereza del aire y somos y ya.
Rumores en la escuela, en la ciudad, en el pueblo, rumores mortales, son el cruel viento después de la tormenta, el último soplo del huracán. Han encontrado a una estudiante apuñalada en su dormitorio. No es de aquí, no tiene amigos ni familia, nadie la conocía, nadie la recuerda, nadie sabía si tenía amigos o no, estaba siempre sola en su cuarto o vagaba por ahí, perdida entre la multitud. Hay quien la relaciona con un muchacho, a veces se les veía juntos, pero nadie les prestaba atención. Nada se sabía de ellos. Tus ojos de agua me torturaban, tu mirada lluvia que azotaba mis ventanas, vendaval del odio. No pude resistirlo. Yo también lloré y lloví, y el agua fue licor y el licor vómito e ira. Vomité tu nombre, mil veces tu nombre, hasta no quedarme nada en las entrañas, me desgarré la garganta tratando de quemarlo pero quedó ahí, atorado, como una piedra tapando la profundidad del pozo, tu nombre piedra, sabor acre que me irrita, que arde en la punta de la lengua, tu nombre sangre, tu nombre grito, tu nombre tabú, tu nombre plegaria a un dios indiferente. Las sombras se levantan y el día deja de serlo. Sus pasos son cada vez más lentos pero está cerca. Su lugar favorito de la infancia es ahora un páramo de asolado por los tala montes, violado, saqueado, quemado. Perdóname. La cruz de hierro, escondida entre el zacate, sigue en su lugar estoicamente, aún trata de cumplir su función aunque se le nota un poco doblada. Te nombré y fuiste mía, fue mi nombre el que te di, el nombre creado para ti desde mi alma, te nombré y dejaste de ser libre, ya no fuiste tú, ni fui más yo. En su cara permanecen las huellas de largos llantos, está sucio y abatido. Recuerda el momento pero es todo dolor. Amor de hombre, amor de odio, amor mortal que surge del éter, amor droga activa, amor opio, sueño de violencia con hambre de sangre entre las manos, amos. Amor, perdóname. Trae la misma palabra entre los dientes desde hace horas: perdóname. Una cuerda sujeta a la cruz, una cuerda tensa sin música y sin guitarra. Perdóname. Perdóname
DAGS